Mandela: 30 años de su liberación

Agencias | La Prensa del Táchira.- Hace 30 años, el 11 de febrero de 1990, el líder mundial Nelson Mandela dejó la cárcel luego de 27 años de encierro. La reclusión fue terrible, con maltratos, aislamiento y dolor. Sin embargo, no buscó venganza, sino que salió decidido a integrar, a construir una nueva nación, a luchar contra la separación racial.

Después de 27 años, recuperaba esa tarde la libertad. Nelson Mandela vestía de traje por primera vez desde que había sido encarcelado. Con el puño en alto, con su mujer parada al lado, se dirigió a la multitud. Este hombre que había resistido era su gran esperanza:

"Los saludo a todos en nombre de la paz, la democracia y la libertad para todos. Sus incansables y heroicos sacrificios han hecho posible que yo esté aquí hoy. Por lo tanto, pongo los restantes años de mi vida en sus manos. Hoy la mayoría de los sudafricanos, blancos y negros, reconocemos que el apartheid no tiene futuro. Tiene que ser terminado por nuestra decisiva y propia acción de masas, para la construcción de la paz y la seguridad. La campaña masiva de desafío de la gente sólo puede culminar en el establecimiento de la democracia. La destrucción causada por el apartheid en nuestro país es incalculable. (...)"

"La necesidad de unir a la gente de nuestro país es una tarea tan importante ahora como lo ha sido siempre. Ningún líder individual es capaz de asumir esta enorme tarea por su cuenta. (...) Ahora es el momento de intensificar la lucha en todos los frentes. Relajar nuestros esfuerzos ahora sería un error que las generaciones venideras no serán capaces de perdonar. La visión de la libertad que se avecina en el horizonte debe animarnos a redoblar nuestros esfuerzos. (...)

"Hacemos un llamamiento a nuestros compatriotas blancos a unirse a nosotros en la conformación de una nueva Sudáfrica. Nuestra marcha hacia la libertad es irreversible. No debemos permitir que el miedo se interponga en nuestro camino".

Libertad. Democracia. Unidad. El mensaje fue contundente y claro. También conciliador. Ni la venganza, ni el enardecimiento, ni la incitación a la violencia tuvieron lugar.

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Era un líder hablándole a su pueblo instalando una idea que no se basaba en sojuzgar (dominar) a los que los habían sojuzgado. Hasta se podría decir que fueron palabras que desilusionaron al nutrido auditorio.

Un hombre de casi 50 años convertido en un número: 46664. El número que los carceleros pretendieron que fuera su identidad durante los 27 años en los que estuvo detenido. Pero no fue lo que ocurrió.

Sin comodidades, sin libertad, sin poder comunicarse con el exterior, el nombre de Nelson Mandela fue creciendo y propalándose por todo el mundo. Se convirtió en sinónimo de lucha, igualdad y libertad.

Ya había conocido la cárcel. Varias veces fue detenido desde su juventud por su participación política, por oponerse a la injusticia. 

Mientras estudiaba derecho, fue el único alumno negro de su camada en la universidad. Sudáfrica era la tierra de la segregación, de los abusos y de las inequidades. La población negra era sometida y postergada. No se les reconocían derechos civiles, no gozaban de derechos políticos (no votaban) y las necesidades básicas de la mayoría estaban insatisfechas.

Nelson Mandela dedicó su vida a luchar contra eso. Su accionar siempre estuvo dirigido a moldear una sociedad en la que se viviera mejor. Un raro espécimen político. No se dejaba seducir por el corto plazo. Sus objetivos eran enormes, bordeando lo inalcanzable, pero nunca desfalleció, aun cuando todas las perspectivas razonables indicaban que su empresa fracasaría.

Acusado de traición

En 1961 fue acusado de traición y detenido por un tiempo. Al año siguiente fue condenado de nuevo: esta vez por abandonar el país ilegalmente. En 1964, con otros compañeros de su partido, fue llevado a los estrados. Ya era una costumbre. Los acusaban de conspiración por sus protestas contra la segregación racial. Los condenaron a prisión perpetua.

Aislamiento en Prisión

De los 27 años consecutivos que pasó detenido, los primeros 18 fueron en la prisión de la Isla de Robben. 18 años en una celda mínima, sin siquiera un colchón, sin poder leer los diarios, en medio de maltratos, mal alimentado, donde la charla casual con un carcelero era un lujo.

Las visitas de sus amigos y familiares eran espaciadas. Sus carceleros encontraban, con frecuencia, alguna excusa para aislarlo, buscando enloquecerlo de soledad. No había horarios, ni rutina, ni siquiera otras personas. Sólo oscuridad y soledad.