Cúcuta, la casa de cambio de Venezuela

Por David Parra.

Black Friday en Cúcuta. Miles de venezolanos cruzan la frontera desde Táchira para cambiar sus utilidades y ahorros a pesos, comprar mercancía y regresar por la noche. La calles de esta urbe fronteriza, de por sí revueltas de lunes a lunes, se llenan con el frenesí de las rebajas en la ciudad más barata de Colombia. La policía cierra el paso de los vehículos en las avenidas comerciales más importantes, los alegres carteristas pasan su cedazo por los bolsillos de los desprevenidos y los jaladores parecen pulpos sin suficientes brazos para estafar al cardumen. A mi alrededor, hay un hervidero de comerciantes, tahúres, prostitutas y más puestos de papas rellenas de los que había visto en mi vida. 

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Al mismo tiempo, en Caracas se está produciendo un fenómeno inesperado y similar: filas de horas frente a algunas tiendas con rebajas en casi todo su stock dolarizado. Es un Black Friday minimalista y endógeno, al mismo tiempo que las FAES montan alcabalas.

"Todo esto que está ocurriendo, parece, es consecuencia de tres años de comercio con remesas. Este negocio generó tanta plata que modificó la economía de la región". Lo dice Giorgio Rodríguez, dueño de una casa de cambio al norte de Santander. Nos encontramos en el Ventura Plaza, un mall cucuteño tan icónico para muchos venezolanos como el mismo Sambil. El hombre habla rápido y siseando, con el dejo de un testigo falso de programa de televisión. Guayabera y pantalón caqui, pelo engominado, gestos ensayados que acompañan su labia y malicia. Me explica con calma cómo se construyeron imperios comerciales sobre dinero del exilio.

¿A cómo la tasa?

La tasa de cambio bolívar-dólar la dictan los cambistas de la frontera en la mañana, según las fluctuaciones del dólar. Un cambista pequeño puede hacer hasta cuarenta transferencias diarias y una casa de cambio estable necesita tener más de trescientos clientes al mes para ver ganancias. El emigrante que quiere enviar dinero a Venezuela le manda las divisas al cambista, según una tasa acordada. El cambista deposita en la cuenta del destinatario los bolívares que corresponda, lo más rápido posible para que no se los coma la hiperinflación, y en el camino se queda con una porción: el diferencial entre la tasa con que compró los dólares al emigrante y la tasa con que calculó los bolívares que recibe el destinatario. 

"El remanente de esa transacción se lo queda el cambista y el cliente ni siquiera se da cuenta, porque mucha gente no entiende cómo funciona. Es más complicado de lo que se ve", dice Rodríguez sorbiendo un trago de café. "Lo primero que hay que resaltar es la tasa, con la cual uno negocia a lo largo del día. De acuerdo a la cantidad que el cliente desee transferir puedo darte precios diferentes. Uno siempre busca ganarle un punto o punto y medio, hasta dos a cada transferencia". Lo que hace a un cambista exitoso es la confianza que logre establecer con sus clientes, en un contexto en el que abundan casas de cambio falsas que ofrecen las mejores precios, "y al final solo roban a los confiados que se les abrieron las agallas y dieron papaya".

La tierra de los negocios fantasma 

En este sistema de cambio de remesas y de divisas para el bachaqueo, toda cuenta bancaria venezolana que use una casa de cambio fronteriza debe ser comercial. Nadie usa cuentas personales, ya que estas son monitoreadas por los bancos venezolanos, por orden de Sudeban. Al principio se usaban cuentas de negocios existentes, pero con el tiempo aparecieron los negocios fachadas, de maletín, con locales que no vendían nada ?tiendas de comida importada, jugueterías, ventas de celulares, galpones? pero que facturaban millones al mes y que además contaban con licencias de importación. 

Entonces apareció el negocio de alquilar cuentas bancarias, por unos 300 mil pesos, 100 dólares. "Mucha gente que se fue de Venezuela vendió o alquiló sus cuentas con negocios en quiebra o firmas comerciales a la deriva. Cuentas que nosotros convertimos en los recipientes de la plata que viene de afuera", explica Rodríguez. El que la alquila, le da a un cambista las claves y hasta el número de teléfono con el que la gestiona. Rodríguez emplea a un par de chamas, por tres salarios mínimos, para que estén todo el día encargándose de las transacciones. "Yo me blindo, hermano, la cuenta que mueve los soberanos no es mía y quien las maneja tampoco soy yo. En caso de algo, no podrán rastrearme. Lo mismo aquí en Colombia, de este lado también se arriendan y aunque hay menos trabas para mover los pesos, necesitas tener varias cuentas personales y comerciales para depositar lo que vaya entrando conforme tu cartera de clientes aumenta".

Todos los caminos conducen a Cúcuta

Un detalle importante es el valor del bolívar. Aunque es una moneda devaluada y que en la calle pierde valor rápidamente, hasta hace muy poco era la única con la que se podía comerciar y a la que gran parte de la población tenía acceso, aunque faltara tanto el papel moneda. 

Esto generó el negocio de los mayoristas de efectivo: sujetos que se encargan de amasar grandes cantidades de soberanos (los cuales compran a precio de gallina de flaca dentro del territorio o en la frontera) para luego venderlos a los cambistas que hacen transferencias a diario. Ese efectivo pronto se transformará en dólares, ahí en la frontera. También se guían por tasas propias, pero suelen ser negociantes testarudos y arbitrarios, ya que de acuerdo a la necesidad, el tiempo y la cantidad de dinero que necesitan los compradores, pueden variar sus precios.

Tampoco hay que echarle mucha cabeza para darnos cuenta de que además de los acumuladores de billetes que se nutren de los soberanos directo de la calle, todavía existen aquellos "empresarios" que mes a mes reciben créditos millonarios del gobierno o licencias de importación para empresas que no traen nada. No es casual que los mayoristas sean, según los intermediarios fronterizos, casi siempre rojos. Son los jeques de los que dependen miles de los cambistas que reciben remesas del resto de América Latina. 

Al final, como con el tráfico de personas, las conexiones más importantes entre las casas de cambio de otros países sureños y estos proveedores de billetes se articulan desde Colombia.

Un negocio en decadencia

Al caer la noche del Black Friday, me reúno con Miguel Giraldo, un joven programador que trabajó como cambista en 2017 y 2018, pero que ahora se dedica a negocios que no le quitan tanto tiempo. Es un chamo flaco y alto, de pelo largo hasta el mentón, sentado en posición de loto dentro de una oficina diminuta viendo anime en su laptop. Me recibe y enciende el ventilador. "¿Qué tal el centro?" me pregunta. Le respondo que es un desastre y que la gente, mis paisanos, no estaban nada contentos con lo que habían encontrado en el fulano Viernes Negro que llevaba casi dos meses anunciándose por las radios en Táchira, Mérida y Trujillo. 

Esa tarde al salir, encontré los mismos precios de todo el año, con insignificantes rebajas, en los mismos productos mediocres e imitaciones chinas. Vi los cincomilazos (las quincallerías de paisas donde todo vale cinco mil pesos) vendiendo a granel productos desechables, rumas de falsificaciones en los buhoneros, tarantines de cosas robadas. Vi venezolanos muy tristes, desesperados, regresando a casa con la manos vacías. "Fue publicidad engañosa", dice Giraldo, "ya que aquí las ofertas por ley duran hasta quince días. La gente se vino de Venezuela creyendo que les comprarían el efectivo a un buen precio, pero cuando fueron a convertirlo en pesos, Cúcuta ya estaba saturada de billetes. Los cambistas lo estaban pagando a la mitad de su valor y los mayoristas se cruzaron de brazos. Además, las cosas que de verdad tenían descuento, como los televisores o las neveras, no podían pasarlas por el puente al regresar, sino que les tocaba meterlas por trochas dejándole otro resto de plata a los paracos. Hoy fue un día donde todo el mundo ganó, menos los venezolanos".

Al menos desde la perspectiva que él tiene, construida en su trato con gente de los Andes venezolanos, Miguel asegura que las transferencias ya no son un negocio rentable. Dice que ahora cualquiera se cree cambista y que además el gobierno chavista está aflojando los tornillos para comerciar con plata de afuera. Para él, todo fue un plan bien estructurado: los años en que se ganó más con las remesas fueron 2017 y 2018, con la frontera cerrada, una migración masiva y las medidas de control de cambio que te amenazaban con cárcel si cargabas dólares. Ahora, luego de la aniquilación del sector privado venezolano, surge una pequeña casta de comerciantes y empresarios complacientes con Maduro que quieren suplantar a quienes quebraron o se fueron, y que sostienen esas burbujas de consumo dolarizado que dan una sensación de estabilidad social. 

La conclusión de Miguel es agridulce: muchos negocios de fachada que despegaron durante la crisis humanitaria, con el tiempo se consolidarán como negocios reales y serán una herramienta para preservar el patrimonio de los enchufados. "Si la gente puede usar dólares, así sea poco a poco, ya no dependerá de este sistema. Los colombianos ni nos daremos cuenta, esto fue solo otro negocio que vino y se fue".

Miguel me cuenta quién le enseñó a ser cambista: un pastor evangélico con iglesias en Colombia y en Venezuela. "Viendo que tantos feligreses necesitaban mandar plata a Venezuela, montó una casa de cambio usando las cuentas de sus congregaciones. Ayudando a los hermanitos ahora maneja una camioneta blindada".

Un mango aporreado

Me reúno una última vez con Giorgio Rodríguez para resolver algunas dudas de su testimonio y antes de irme, abro mi cartera para sacar los únicos cinco dólares con los que salí de Venezuela y que nunca gasté, ya que los conservo como una especie de amuleto. El billete está rayado con lapicero azul. "Mano, ¿cuánto vale esto?", pregunto. "Cuando llegué acá todos me dieron precios diferentes y en Mérida ni me lo quisieron cambiar". Giorgio se ríe y me explica que dentro de Venezuela no aceptan billetes rayados o de baja denominación porque en la frontera los pagan más baratos. "Un dólar vale 2.500 pesos, pero rayado puedo comprártelo en 1.800. Pero si me lo das, yo puedo llevarlo donde unos manes a que lo limpien con químicos y lo dejen como recién salido del banco. Eso es lo que hacemos con los billetes feítos y luego lo vendemos al precio que es". 

Desapruebo entonces con mi cabeza y me despido, guardando mis cinco dólares de la suerte, para que no terminen siendo una presa más del ecosistema de la frontera.

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