Daniel Bueno | La Prensa Táchira.- Mientras el resto del mundo guarda los adornos navideños tras la llegada de los Reyes Magos, en la cordillera andina venezolana, el calendario parece cobrar un nuevo aliento. El aroma a bizcocho recién horneado, los armoniosos cánticos y las procesiones en la comunidad anuncian que ha comenzado el ciclo de las Paraduras del Niño, una festividad que trasciende lo religioso para convertirse en el tejido que reafirma la identidad colectiva de la región.
Esta tradición, que se extiende desde el 1 de enero hasta el 2 de febrero (Día de la Candelaria), conmemora el pasaje bíblico del Niño Jesús perdido y hallado en el templo. Sin embargo, en los pueblos de Mérida, Táchira y Trujillo, la historia se tiñe de una "complicidad divina" a través del popular "robo del Niño", un juego ritual que moviliza a comunidades enteras.
El Rito: Entre cantos, fe y procesiones
La ceremonia: es un despliegue de folklore donde la solemnidad, los cantos y la alegría conviven en perfecta armonía. Los protagonistas, además de la imagen del infante, son los padrinos, elegidos por sus lazos afectivos con la familia anfitriona.
La Procesión: Los padrinos llevan la imagen en un pañuelo de seda, recorriendo hogares o calles al ritmo de violines y cánticos tradicionales.
La Paradura: El momento cumbre ocurre cuando la imagen se pone de pie en el pesebre, simbolizando que el Niño ya puede caminar y, por ende, bendecir las cosechas y los hogares.
El Brindis: Tras el acto, la comunidad se funde en un abrazo compartido con chocolate caliente y pan de casa, una fórmula infalible para "espantar el páramo".
"Escondemos al Niño y el dueño de la casa tiene que buscar padrinos y músicos para rescatarlo. Esa alegría de traerlo de vuelta con cantos y pólvora es lo que mantiene vivo al pueblo", explica Carolina Pernía, organizadora de "robos" en la avenida Ferrero Tamayo.
Voces que guardan la memoria
Para los habitantes de La Grita, municipio Jáuregui, la Paradura es un compromiso de vida. Carmen Montoya ,de 74 años de edad, recuerda que para sus ancestros el rito garantizaba la prosperidad de la tierra: "Si no se paraba al Niño, el año venía seco. Para nosotros es una promesa; es familia y es saber que no estamos solos".
Ese sentimiento de pertenencia se transmite también a través de las cuerdas. José Rangel, asegura que existe una mística especial en los versos: "Cuando entonamos el 'Dulce Jesús mío', la gente llora y se abraza. Es nuestra identidad".
Identidad sin fronteras
En la actualidad, la Paradura del Niño ha roto las barreras geográficas. La migración venezolana ha llevado las procesiones y los cantos a ciudades como Madrid (España), Buenos Aires (Argentina) y Miami (Estados Unidos).
En estos nuevos escenarios, los migrantes recrean el pesebre y buscan entre amigos o incluso desconocidos a esos nuevos "padrinos" que les permitan mitigar la nostalgia. En esos hogares lejanos, la Paradura deja de ser solo un rito regional para transformarse en un símbolo de resistencia e identidad cultural que traspasa fronteras, donde el frío de la distancia se olvida por un instante para sentir, de nuevo, el calor de las montañas andinas.
Es, en esencia, la celebración de un pueblo que, sin importar dónde se encuentre, camina junto a su fe y sus raíces.
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