El lugar denominado El patio de las brujas funcionaba como cuartel y refugio algunas veces como lugar de consultas

Crédito: Karen Roa

El lugar denominado "El patio de las brujas", funcionaba como cuartel y refugio, algunas veces como lugar de consultas

La guarida de las brujas: La montaña encantada de San Josecito 

María Cárdenas | La Prensa del Táchira.- En la década de los años 70, en las montañas de San Josecito, a pocos kilómetros del Palmar de la Copé, fue encontrado un lugar en donde lo misterioso y desconocido se daban la mano. Restos de velas, altares extraños, marcas oscuras hechas en los árboles, e incluso restos de sangre, una zona espectral utilizada por practicantes de las artes oscuras y tratos con el maligno. 

El lugar denominado "El patio de las brujas", funcionaba como cuartel y refugio, algunas veces como lugar de consultas. Si bien su práctica disminuyó hasta casi su desaparición, algunos cuentan que la montaña absorbió esta energía oscura y tiende a jugar con la mente de aquellos que buscan encontrar aquella guarida. Según los habitantes de la zona, a pesar de que el camino ya no es usado, no se ha podido borrar y se mantiene intacto; sin embargo, poderes extraños no dejan que cualquiera llegue a este lugar. 

Muchas personas han sido atraídas al lugar, sobre todo por aquellas leyendas del siglo pasado, en donde aseguraban que entre la montaña se encontraba una quebrada encantada. Raúl junto a dos amigos decidieron explorar la montaña, en búsqueda del famoso "patio de las brujas", cuyas historias habían escuchado desde niños y estaban decididos a pasar una noche en el lugar. 

A pesar de las advertencias, los tres jóvenes estaban decididos. Encontraron un viejo camino que al parecer conducía a la quebrada encantada,  cuando iniciaron el recorrido apenas eran las nueve de la mañana. Caminaron durante varias horas, pero el camino parecía interminable. Mientras se sentaron a descansar, sofocados por el calor del mediodía, notaron algo extraño: unas marcas de símbolos raros en uno de los árboles. Raúl recordó aquellas historias de su abuela, en seguida lo relacionó con el "patio de las brujas" y sintió que tal vez estaban cerca.

Poco a poco fueron encontrando más símbolos extraños en los árboles y el ruido del agua corriendo les indicó que estaban muy cerca. A las pocas horas los tres jóvenes llegaron a un claro con grandes rocas, el sol a lo lejos y por la altura de los árboles le daba un aire misterioso y espectral. 

En completo silencio comenzaron a explorar, el agua de la quebrada era completamente cristalina, las pequeñas cuevas entre las rocas se encontraban vacías, sin señas de ser usadas en mucho tiempo. Poco a poco comenzaron a desempacar las carpas y buscar leña para la fogata, cuando una extraña risa los dejó helados.

Los tres paralizados escuchaban cómo de todas las direcciones parecían venir risas, burlonas y macabras. Raúl miró a sus compañeros y les hizo señas para recoger el campamento. Los jóvenes, sin mucho alboroto, comenzaron a guardar todo mientras en el fondo se escuchaban aún las risas.

Sin mirar atrás, los tres comenzaron a tomar el camino de regreso cuando la figura de un anciano les cortó de repente el camino. Los jóvenes saludaron con educación al anciano, quien extrañado les advirtió que este no era un lugar para estar merodeando. La montaña estaba llena de secretos bien guardados que no deben salir nunca. 

Los jóvenes atemorizados por las palabras del hombre, decidieron no responder y continuar con su camino. La noche llegó rápida, los jóvenes rápidamente se desorientaron, las risas, el olor a vela quemada y una extraña música con tambores, llenaban el ambiente. 

Sentían que estaban dando vueltas en círculos hasta que vieron una fuerte luz que emanaba al final del camino, emocionados corrieron hacia ella, pero al llegar se dieron cuenta de que habían terminado nuevamente al claro y en medio de él había una gran fogata, a su alrededor un grupo de personas reían mientras fumaban tabacos y bebían licor directo de las botellas. 

De pronto el grupo de personas se detuvo y miraron a los jóvenes como si se tratara de unos intrusos. Raúl y sus amigos corrieron a toda velocidad y en algún punto se separaron corriendo en direcciones distintas. Una rama hizo caer a Raúl, quien rodó por una loma. Adolorido y muerto de miedo con las risas y la música sonando fuerte a sus espaldas, tomó un pequeño rosario que le había regalado su abuela y sin darse cuenta se quedó dormido.

Al otro día, un jornalero que iba pasando por el lugar se encontró con Raúl, por el estado del joven, decidió llevarlo hacia las autoridades. Allí contó todo lo sucedido la noche anterior. Raúl espera encontrarse nuevamente con sus amigos, pero pasaron los días y estos no aparecieron. La policía organizó grupos de búsqueda y rescate, pero fue inútil, los jóvenes nunca volvieron a salir de la montaña. 

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