Joven acaba con la vida de su tía tras negarle un préstamo de dinero

Ariana Moreno | La Prensa del Táchira.- Pocas horas de intensa investigación fueron suficientes para descubrir la escalofriante muerte de una solitaria sexagenaria que residía en el aislado sector Pata de Gallina, en los límites entre Barinas y Táchira.

En la fatídica mañana del domingo 14 de octubre de 1990, los vecinos de este sector se encontraron con el macabro hallazgo del cuerpo sin vida de Tulia Rangel Salazar, una mujer de 68 años a quien conocían cariñosamente como "Lola". El cadáver yacía boca arriba en el patio de su hogar, completamente desnudo con un primitivo cuchillo clavado hasta el mango en su abdomen y con señas de violencia sexual.

La conmoción se apoderó de los vecinos, quienes recordaban a Lola como una mujer tranquila y sin enemigos aparentes que pudieran cometer algo tan macabro en su contra. Aunque nació en San Gil, Departamento de Santander, Colombia, desde muy joven se trasladó a Venezuela y adquirió la nacionalidad venezolana. Se había mudado hace algunos años a esa zona rural, al sur del Táchira, para explotar una pequeña hacienda que tenía a su nombre.

Inmediatamente, los funcionarios de la Policía Técnica Judicial llegaron al lugar para llevar a cabo el levantamiento del cadáver y comenzar las investigaciones. Aunque estaban un poco desconcertados, a los investigadores no les quedó ninguna duda de que el móvil del crimen fue el robo, ya que el interior de la vivienda estaba totalmente desordenado, como si el delincuente estuviera buscando dinero. Además, los vecinos dejaron claro que pocos días antes, la mujer había vendido varios sacos de café cosechados en su finca.

Codicia

La avaricia se apoderó del corazón de uno de los seres más cercanos a Tulia Rangel Salazar, quien codiciaba la cantidad de dinero que guardaba. En un lapso increíblemente corto, los investigadores lograron identificar al presunto criminal: un sobrino de la víctima, de apenas 19 años de edad. El nombre del asesino en cuestión es Luis Antonio Ruiz Avellaneda, un individuo sin una ocupación establecida, aunque ocasionalmente había trabajado como mesonero. Nació en Aratoca, departamento de Santander, con Bucaramanga como su capital, en Colombia.

Según relatan los medios de comunicación de la época, las autoridades policiales por orden del jefe de la Delegación local de la Policía Judicial, subcomisario Jorge Alberto Infante, buscaron a Avellaneda después de recibir información de que él había sido la última persona en visitar a la sexagenaria. Los funcionarios lo encontraron en su domicilio en el barrio 23 de enero de San Cristóbal.

No pasó mucho tiempo antes de que el joven cayera ante el intenso interrogatorio de los oficiales. Se le veía moralmente abatido y no dejaba de expresar un profundo arrepentimiento por el acto criminal que había cometido, atribuyéndolo a su estado de descontrol mental causado por el consumo de alcohol horas antes del crimen.

El joven relató que sabía que su tía había vendido varios sacos de café en grano y planeaba pedirle unos veinticinco mil bolívares para comprar un vehículo, del cual ya había dado un adelanto al vendedor. El sábado 13 de octubre, viajó a Pata de Gallina en compañía de uno de sus hermanos, con quien estuvo consumiendo bebidas alcohólicas en un establecimiento cercano a la casa de su tía hasta altas horas de la noche.

Después de la medianoche, su hermano le informó que tenía que irse y dejó a Luis Antonio en el establecimiento nocturno. Alrededor de la 1:30 y las 2 de la madrugada, se dirigió a la casa de su tía para hablar con ella sobre el dinero. Al parecer, la sexagenaria, desde su dormitorio, se excusó diciendo que no tenía las condiciones económicas para satisfacer sus requerimientos porque los compradores del café no le habían pagado todo el dinero de una vez y por tanto, no podía prestarle esa cantidad.

Esto desató la furia del joven, quien, sin testigos presenciales y sin la más mínima posibilidad de defensa para la anciana, tomó la espantosa decisión de poner fin a su vida de la manera más atroz. Tomó un cuchillo y le propinó tres puñaladas en varias partes del cuerpo y luego le dejó clavada el arma en la región abdominal para dedicarse a ultrajarla sexualmente.

No satisfecho con lo anterior, arrastró a la víctima hasta el patio trasero de su vivienda, donde le propinó varios golpes en el rostro y la cabeza. Luego la dejó allí y huyó de la escena del crimen con la ropa manchada de sangre, dirigiéndose hacia San Cristóbal. Al llegar a su domicilio en el barrio 23 de enero, se cambió de ropa y quemó la que llevaba puesta. Posteriormente, le contó a su hermano lo sucedido y manifestó su disposición de entregarse voluntariamente en la sede de la Policía Judicial, pero la policía lo encontró antes de que él tomara esa decisión.

Inicialmente se especuló sobre la posible participación de uno o más criminales que torturaron despiadadamente a la indefensa víctima y ayudaron a Luis Antonio Ruiz Avellaneda a escapar. Sin embargo, tras las investigaciones, se determinó que había actuado solo. Al concluir las investigaciones, no se reveló si el asesino había robado dinero u objetos de propiedad de su tía, ni tampoco sobre la sentencia que se le impuso.

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