El misterioso crimen de una enfermera en la carrera 9 de San Cristóbal

Ariana Moreno | La Prensa Táchira.- El 13 de septiembre de 1954, a las 3:15 de la tarde, vecinos de la carrera 9 de San Cristóbal corrieron hacia la vivienda de la familia Contreras, alarmados por gritos y lamentos que parecían venir del interior. Uno de los curiosos colocó una escalera para tratar de averiguar qué era lo que estaba sucediendo en uno de los hogares más tranquilos de la zona. .

La escena era espeluznante. El hombre miró a los otros vecinos con horror, intentando explicar con sus ojos el terrible escenario que se hallaba frente a él. De lejos, logró ver el cuerpo inerte de Aura Matilde Ruiz de Contreras, y unos metros más allá, tendido en el suelo y preso al parecer de un ataque nervioso, se encontraba el esposo de Aura, un anciano al que todos conocían como "Don Carmelito". 

De inmediato los habitantes del sector dieron aviso a la policía. En cuestión de minutos, un grupo de funcionarios se hicieron presentes en la casa número 83 de la carrera 9 de San Cristóbal, para verificar lo narrado por los residentes. Los agentes intentaron forzar la puerta principal de la vivienda pero no pudieron ingresar, por lo que optaron por entrar por una de las ventanas, haciendo uso de las mismas escaleras. 

Lo primero que hicieron fue levantar a "Don Carmelito" y llevarlo al puesto de socorro del antiguo Hospital Vargas, ubicado entre las calles 16 y 17 y carreras 6 y 7 de la ciudad de San Cristóbal. Luego se dirigieron a la alcoba del matrimonio, donde efectivamente hallaron el cuerpo sin vida de Aura Matilde. La mujer estaba tendida sobre la cama, vestida con una pijama de nylon, color rosado claro. Tenía una pierna descolgada sobre el piso de la alcoba; el brazo derecho bajo su cabeza y el izquierdo doblado sobre el pecho. A primera vista, observaron una herida sobre la ceja derecha y un orificio —como producido por un proyectil de pistola—, sobre la sien derecha. 

Todo el cuello, hasta el comienzo de la nariz, estaba envuelto con una prenda de vestir a manera de mordaza o cuerda estranguladora. Cerca de las cuatro de la tarde, llegó al lugar de los sucesos, el médico forense Alejandro era Díaz, quien ante la mirada de investigadores, policías y periodistas le quitó la mordaza a la víctima, descubriendo que el maxilar inferior estaba completamente triturado. 

El doctor Vera Díaz aseguró a los medios de aquel entonces que la mordaza había sido colocada por el asesino para sostener la mandíbula de Aura Matilde, presumiendo a su vez, que fue golpeada con un objeto contundente como un martillo o piedra. En otras partes del cuerpo se notaban señales de violencia, como si el homicida hubiera enloquecido y golpeado hasta el cansancio, el frágil cuerpo de aquella mujer. 

¿Un robo?

Minutos después, llegó una funcionaria que se identificó como Ana Amelia Rovira de Calderón, juez de la parroquia San Juan Bautista, quien levantó el acta respectiva. La juez quiso conocer si existía algún detalle que pudiera arrojar luz sobre las circunstancias que rodeaban a este misterioso caso. Registró puertas y ventanas sin encontrar ninguna señal que indicara que el asesino entró a la casa utilizando la violencia. Además alrededor de 1200 bolívares fueron hallados distribuidos en diferentes sitios de la vivienda. 

Unos 600 bolívares en efectivo fueron encontrados dentro de una cartera colocada sobre la mesa de noche de la habitación matrimonial. En otra mesa, había un paquete con 460 bolívares en billetes de diverso valor y en otros lugares de la alcoba estaban esparcidos 115 bolívares más. 

En otra cartera encontrada en la sala había una moneda de oro americano envuelta en un trozo de papel y a su lado, una libreta de ahorro de uno de los bancos de la ciudad en la que se habían consignado ocho mil bolívares. Aparte del dinero, otros objetos de valor como joyas y muebles permanecían intactos y en la propia muñeca derecha de la víctima reposaba un reloj finísimo.

Todos estos detalles hicieron que fuera descartada la hipótesis del robo. "Es que ni una silla rodó por el suelo, no parece que haya incursionado un ladrón", dijo un funcionario a los periodistas que se encontraban en el lugar. Apenas un cojín de estilo antiguo estaba en el suelo. Tampoco encontraron un arma ni instrumento puntiagudo o contundente que pudieran guiar las primeras investigaciones. 

Ante todo esto, fueron surgiendo otras posibilidades. Al pasar los días comenzó a hablarse de un drama conyugal en el que se presume sucedió alguna escena violenta entre los esposos Contreras que terminó con la muerte de Aura Matilde. 

Sin embargo, contra esta presunción iba el hecho de la mordaza. Para los investigadores parecía imposible que "Don Carmelito", que alcanzaba los setenta años pudiera tener la fuerza para amordazar con tanta firmeza el cuello y rostro de su esposa. 

Pese a que no se sabe exactamente cuantos años tenía la víctima, se dice que rondaba entre 50 y 55 años de edad, por lo que la edad de los protagonistas del hecho, tampoco llevaban a pensar en un drama pasional. Además, el anciano de nombre José del Carmen Contreras, supuestamente gozaba de gran estima por parte de los vecinos, quienes dudaban que ban que hubiera asesinado a la mujer con quien compartió más de veinticinco años. Otro de los elementos que jugaban en contra de esta hipótesis era que si este hombre había sido el asesino ¿Cómo resultó tan gravemente herido?

En un principio los médicos que atendieron al anciano manifestaban que había presentado varias fracturas en la parte posterior de las vértebras lumbares, así como una probable fractura en el cráneo y en la clavícula izquierda. 

Sin embargo, días más tarde este diagnóstico fue negado y se dijo que sólo sufrió de algunas lesiones superficiales. Las siguientes semanas, los conmocionados habitantes del Táchira se encontraban atentos a cualquier noticia relacionada con este caso, y en especial, a la espera de la recuperación de "Don Carmelito", que era la única persona que podría despejar a la población de todas sus interrogantes.

No fue sino hasta un mes después que se comenzó a tener información del estado de salud del anciano. José del Carmen Contreras aseguraba no recordar nada de lo sucedido aquel 13 de septiembre de 1954. Los especialistas y familiares presumían que el asesinato de su esposa le había causado un choque psíquico lo bastante fuerte como para hundirlo en el oscuro mundo de la amnesia. Pese a esto, había quienes creían que su falta de memoria solo se trataba de un fraude moral, porque siempre que se le preguntaba sobre los acontecimientos, hacía pausas incómodas y salía con rodeos.

A este punto las investigaciones quedaron detenidas y como era de esperarse en este tipo de hechos, el público comenzó a plantearse mil preguntas ante la ausencia de información por parte del único testigo del asesinato de Aura Matilde Ruiz de Contreras.

El 6 de noviembre de ese año, Seguridad Nacional pasó los expedientes al Juzgado de Instrucción, donde volvieron a interrogar a los vecinos y al esposo de la víctima, sin obtener ningún avance. Ante la falta de pruebas el juzgado se abstuvo de dictar detención contra José del Camen Contreras. 

Se pudo conocer que antes de esta decisión el anciano había nombrado como apoderado a un doctor de nombre Servio Tulio González, en caso de que fuera detenido. 

¿Venganza?

La confusión y la falta de respuestas, hicieron que los investigadores y la población en general, comenzaran a pensar en la presencia de un tercer personaje. Algunos decían que probablemente la pareja había ganado algún enemigo a lo largo de su vida, lo cual se podría revelar en el sadismo y el terror con el que golpearon a la mujer. La parte del cuerpo donde fueron golpeados los esposos, permitió pensar que el autor, además de corpulento, era derecho. La rabia parecía ir dirigida a Aura Matilde ya que se presume que el homicida penetró en la alcoba golpeando primero a la mujer. El grito desesperado de la indefensa dama, debió sobresaltar a su esposo, quien se presume luchó contra el asesino hasta agotar sus fuerzas. 

Pese a esto, la brutalidad del hecho no era argumento suficiente para buscar culpables. Además, Aura Matilde Ruiz de Contreras era una persona altamente conocida y querida por quienes la rodeaban. "La señora de Contreras", como sus compañeros solían llamarle, fue una enfermera intachable. 

Comenzó a trabajar en el Hospital Antituberculoso en 1947. Sus capacidades vocacionales le permitieron ser incluida en el comité ejecutivo. Según relataron colegas a medios de comunicación de la época, Aura era una enfermera activa, razonable, bondadosa y sobre todo muy estricta en el cumplimiento de su deber "llegaba a tomar bajo su responsabilidad buena parte de trabajo que no le era exigido, pero que su activa disposición por el deseo de hacer el bien, se lo permitía", expresaron en una nota de duelo. 

Incluso manifiestan que a la enfermera le quedaba tiempo para visitar a los pacientes en sus casas, ya sea en zonas urbanas o rurales. Para ellos era inconcebible que alguien quisiera hacerle daño, ya que tenía la virtud de ganarse la cooperación, tanto de sus compañeros de trabajo, como de los pacientes que acudían al dispensario. 

Para ese entonces, la tuberculosis era un grave problema sanitario que según familiares y amigos, la enfermera atendió con sacrificio y abnegación. "El dispensario Antituberculoso y la colectividad tachirense, han perdido en forma violenta por manos criminales a una de sus mejores trabajadoras. Rogamos que la mano de la justicia divina y humana caiga con todo su peso sobre el criminal o criminales que tan horrendo hecho de sangre ha provocado (...) Recordamos pues, con gratitud y respeto a la señora de Contreras, a quien en mala hora, cobarde y alevosamente la obligaron a dejar su puesto vacío", se lee en el escrito. 

Es entonces que la labor desarrollada por Aura durante el tiempo que le tocó actuar al frente del dispensario como enfermera jefe y el aprecio que demostraron quienes trabajaron con ella, eliminó por completo las sospechas de una venganza.

Sin resolver

Poco a poco fue pasando el tiempo y el misterio de la carrera 9 de San Cristóbal no se logró resolver. El miércoles 29 de diciembre de 1954 el nombre de Aura Matilde Ruiz de Contreras quedó plasmado por última vez en papel. Una nota de opinión de un medio local recordaba que habían transcurrido cuatro meses y aún el criminal se hallaba en libertad. Las personas cercanas a ella se quejaban que al caso se le "estaba echando tierra". 

Decían no entender el por qué si Seguridad Nacional acopió una cantidad de pruebas suficientes sobre este caso, no lograron capturar al verdadero criminal, quien se burló de la sociedad y de la justicia. "Sí, el crimen perfecto sí existe, cuando los encargados de sentenciar, de dictar un auto de detención por un hecho comprobado, lo dejan sobre el escritorio o perdido entre la maraña de papeles inservibles, para dejar pasar sobre él, el tiempo que todo lo olvida", escribió un articulista. 

Del caso, no se supieron más detalles. Solo se descubrió que un mes antes de su muerte, Aura Matilde Ruiz de Contreras había adquirido un automóvil marca Dodge, modelo 54, color rojo y beige. De esta adquisición, según parece, nada conocía su esposo José del Camen Contreras.

Aura guardaba el Dodge en el garage de la familia López, frente a su propia residencia. Pese a que en días semejantes acostumbraba pasear por la ciudad (siempre sola) el día del crimen no fue movido en todo el día. 

Los datos de esta historia criminal se encuentran resguardados en los archivos de la Hemeroteca Estadal "Pedro Pablo Paredes", ubicada en la sede del antiguo Alberto Adriani en San Cristóbal.

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