Cestería, cerámica y mitos son parte de nuestra herencia cultural indígena

Redacción | La Prensa Táchira.- La alfarería de Lomas Bajas (Capacho), la cestería de El Abejal (Palmira) y todas sus técnicas transmitidas de generación en generación, tienen sus orígenes en los pueblos prehispánicos que habitaron el actual territorio del Táchira, cuyas manifestaciones culturales tradicionales son el testimonio más representativo de su presencia y herencia, viva en los cultores de nuestros días. 

Estas manifestaciones son exhibidas en el Museo del Táchira, donde además de encontrar sus antecedentes históricos en salas de arqueología se pueden observar en las tres salas dedicadas a la cultura tradicional, las bases de la producción artesanal de cerámicas (barro cocido), tejidos blandos y cestería, así como elementos de la siembra y la explotación del cacao y caña de azúcar en el estado desde la época prehispánica.

Como lo señala el director del Museo del Táchira, Anderson Jaimes, pese a que en nuestro estado no hay presencia viva de pueblos originarios como en el Zulia o la región amazónica, "la cultura tachirense todavía está imbuida de las tradiciones, ritos y haceres de nuestros pueblos originarios". 

"La oralidad está llena de mitos de lagunas y sitios encantados. En nuestra gastronomía, especialmente lo relacionado a la elaboración de sopas y el uso de frijoles, papas y otros tubérculos y granos como el maíz y el cacao son de origen indígena. El terraceo en la agricultura, la siembra según el ciclo lunar y la preservación de afluentes para la siembra se practica desde tiempos ancestrales, así como muchos ritos y pactos que tienen su origen en rituales chamánicos del moján que se va a sitios montuosos y muchas técnicas de curación basadas en el uso de hierbas. Las toponimias, las fiestas tradicionales, los llamados curiosos, los sobanderos y algunas particularidades de nuestra habla forman parte de esta presencia cultural de nuestros pueblos originarios que aún permanece el día de hoy", destacó. En este sentido, Jaimes destaca que aunque la historia escrita quiera negarlo, los pueblos originarios tienen una "poderosa carga" en el imaginario colectivo tachirense, en nuestra religiosidad y en numerosas prácticas que aún permanecen al día de hoy, por lo que es necesario estudiar, conservar y transmitir estos conocimientos, sensibilizando sobre la defensa de este patrimonio cultural y nuestra identidad "multiétnica".

Mujer artesana

De acuerdo a los estudios arqueológicos del Museo del Táchira, la cerámica, la cestería, el tejido y el hilado en las culturas prehispánicas de nuestro estado eran un trabajo que se realizaba en forma colectiva, pero que dependía básicamente de las mujeres, pues los hombres se dedicaban a las labores de caza. La antropóloga, Reina Durán, asegura que los productos de la industria textil son diversos y bastante elaborados, los cuales incluyen las salamayetas (batas y faldas) para el vestir, confeccionadas con hilos de cabuya, a partir de la fibra de fique, consiguiendo (en las excavaciones arqueológicas) husos hechos en cerámica o en piedra tallada y pequeños discos usados como contrapeso en ruecas tradicionales utilizadas en áreas como de Zorca - Pie de Cuesta, cuya investigación (por el método de temoluminiscencia), "las ubicó entre los años 910 y 370 antes de Cristo". 

En cuanto a la cerámica, también refleja que los hallazgos arqueológicos son variados: grandes vasijas, algunas con marcas de tejido o granulado y variadas técnicas decorativas como líneas incisas con formas cuadradas o triangulares, apliques de cadenetas adornadas con líneas entremezcladas en las panzas de las vasijas, con indicios de buena cocción y algunas con engobe blanco.

Sin embargo, pese a la variedad de estilos, la antropóloga destaca que existía una cierta "especialización" tanto en estos productos artesanales como en otros rubros para facilitar el trueque o intercambio comercial, pues los hallazgos arqueológicos así lo sugieren,así como los rastros de una red de caminos por las zonas de fácil acceso, de los que aún quedan huellas en diferentes sitios, desde Pregonero hasta el pie de monte o de San Juan de Colón hacia Seboruco y La Grita."Las etnias de Capacho comercializaron la cerá mica suntuaria, mientras que las de Angostura comerciaban materiales como piedras y manos de moler, martillos y hachas. Los grupos de Queniquea ofrecían diversos productos agrícolas y do minaban las técnicas alfareras, pero quizás preferían la elaborada en Zorca para sus ofrendas y actos rituales", detalló.Además, Durán destaca que la mujer también cumplió un rol fundamental en la agricultura y que los estudios arqueológicos dan cuenta del uso de técnicas relativamente avanzadas, ubicando el inicio de la agri cultura intensiva en el Táchira en el año 1000 antes de Cristo, previo a lo que investigaciones anteriores sugieren. 

El "convite"

Otra práctica muy tachirense que Anderson Jaimes destaca que es una herencia de los pueblos originarios son las actividades sociales orientadas al trabajo en equipo por medio del "convite, mano vuelta o cayapa".

"Cuando hay una necesidad, ya sea de un miembro o de la comunidad en general, se organizan en grupos y cada grupo realiza una fase particular del trabajo hasta concluir la tarea propuesta. Lo más importante es que la forma de pago es comida y bebida para todos los colaboradores y esta es una costumbre que se conserva hasta el presente en muchas comunidades rurales del Táchira como proceso de organización social", subrayó. 

Jaimes concluye que todos estos elementos son parte de la investigación etnográfica que realiza el Museo del Táchira, como una rama de la antropología para estudiar y mantener lo que comúnmente era conocido como "folclor", y cuya denominación actual es cultura tradicional o popular, "transmitida de generación en generación y conectada con la ancestralidad, ya que la mayoría de estas manifestaciones provienen de los pueblos originarios".

Sala de juegos tradicionales

El Museo del Táchira cuenta con un apartado especial para los juegos tradicionales, siendo los más destacados: el trompo, la cometa, la perinola, las metras, el yo-yo y las muñecas de trapo.La antropóloga, Reina Durán, autora del libro "Juegos Tradicionales del Táchira", hace una distinción según el sexo, destacando las muñecas de trapo como el juguete predilecto de las niñas, mientras que los varones apuestan a juegos de interés personal como trompos, metras, machucao, entre otros.

Sin embargo, destaca que el trompo, hoy todavía asociado a la Semana Santa, fue originalmente de un tamaño mayor al de nuestros días y "perteneció al patrimonio colectivo, asociado a funciones diferentes a las ya conocidas actualmente, ya que fue utilizado por nuestros ancestros en ceremonias de adivinación acompañadas de cantos especiales".

"Siembra" del agua ancestral

Una de las leyendas más famosas de los andes tachirenses y con probable origen en antiguos ritos aborígenes prehispánicos es la denominada "Siembra del agua", una práctica agrícola de la alta montaña. Y, de hecho, el espejo de agua que da nombre a la aldea Laguna de García en Uribante se dice que "fue sembrado". 

Esta tradición, incluso referenciada por la escritora tachirense Lolita Robles de Mora, en "Leyendas del Táchira (II)", tiene varias versiones que coinciden en la escogencia de un espacio en lo más alto del terreno y el entierro de una vasija con agua. 

En Uribante, especialmente se inicia con la siembra (alrededor del lugar escogido) de una especie arbórea forrajera denominada yátago o nacedero (usado tradicionalmente para conservar afluentes). Posteriormente, se es pera a la festividad de la Virgen de la Chiquinquirá, acudiendo con agua bendita (en una totuma bien tapada) que se deja delante del altar de la Virgen, a la que se le pide con fervor que brote el agua. Al regresar, en el centro del espacio rodeado de yátagos se cava un hueco de un metro de profundidad y baja a él una niña que deposita la totuma con el agua bendita y luego se tapa con la misma tierra extraída, entre cantos y rezos.

Otra versión es el entierro en Viernes Santo, a las 3:00 de la tarde. En una vasija de calabaza se prepara agua con sal y se abre un agujero profundo en el terreno seleccionado para enterrar la calabaza. Quien hace la "siembra" es un campesino algunas veces denominado "El Faculto" por sus conocimientos ancestrales (heredado de "sus mayores"), 

quien aplica diversas oraciones y rituales a la vasija, que a veces también contiene agua bendita por un sacerdote que lo acompaña. Se estima que los resultados de la "siembra" de un manantial se dan entre los cinco a siete años del entierro de la vasija.

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