Ariana Moreno | La Prensa Táchira.- Vendiendo caramelos y limpiando parabrisas en un semáforo de Ciudad Juárez en México se encontraba Orlando José Maldonado Pérez el lunes 27 de marzo, mismo día en que un trágico incendio acabó con su vida.
Según cuenta su hermana, Mileivy Maldonado, el tachirense, de 26 años, tenía tres o cuatro días de haber llegado a esta localidad mexicana, donde se alojaba en un hotel que pagaba con el dinero de las ventas diarias. No le gustaba residir en los refugios para migrantes porque decía que podía causarle inconvenientes.
Se encontraba en Ciudad Juárez a la espera de poder ingresar a Estados Unidos de forma legal, en su deseo de lograr el anhelado "sueño americano" que había planeado junto a uno de sus hermanos mayores instalado en el país norteamericano desde finales del mes de junio.
Sus aspiraciones se vieron interrumpidas tras el anuncio del Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, el 12 de octubre, cuando informó sobre un nuevo proceso de control migratorio para ciudadanos venezolanos, con el fin de reducir la cantidad de personas que llegan a la frontera.
Sin embargo, esto no fue un obstáculo para Orlando, quien desde muy chico no aceptaba un no como respuesta y luchaba por conseguir lo que quería. Es así como decide continuar su viaje por una de las rutas más peligrosas de todo el continente, la selva del Darién. Finalizada su travesía e instalado en Ciudad Juárez, se dedica al comercio informal mientras conseguía trabajo de mecánico, actividad que desarrollaba bastante bien. Aproximadamente, a las once de la mañana de ese infortunado día, Orlando se encontraba en un semáforo cuando fue detenido por las autoridades mexicanas y trasladado a un centro de detención de migrantes para retirarlo de la calle.
En horas de la noche se desató el brutal incendio. Según el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, los migrantes se enteraron de que iban a ser deportados y como protesta en la puerta del albergue pusieron colchonetas y les prendieron fuego, sin imaginar que iba a causar "la terrible desgracia".
Horas después, comienzan a ser publicados los nombres de las víctimas del incendio. Orlando Maldonado era uno de los 13 migrantes venezolanos reportados como fallecido.
Su familia no se imaginaba que Nando estaba entre las víctimas, puesto que el domingo anterior había conversado con su madre y le dijo que estaba en el hotel descansando. Al ver la noticia, quedaron destrozados.
El hecho constituyó un infierno para la familia Maldonado Pérez, quienes comenzaron a contactar amigos en México para buscar en hospitales, morgues y funerarias información sobre el paradero de Orlando.
Mileivy Maldonado asegura haber escrito a la embajada de México aquí en Venezuela, donde la pusieron en contacto con un canciller para enviar los documentos personales de Orlando, así como fotos con rasgos físicos, cicatrices, tatuajes o alguna característica física fácil de distinguir.
A los tres días es identificado a través de las huellas dactilares. Notifican a sus familiares que el joven tachirense no murió quemado, sino asfixiado. Presentaba pequeñas quemaduras que no pasaban del 3%.
Siguieron insistiendo para traer los restos a casa, pero todo avanzó a "paso de tortuga" porque muchos familiares no tenían pasaporte o se encontraban vencidos para poder viajar a México.
El viacrucis por el que tuvo que atravesar la familia de Orlando Maldonado para lograr su repatriación finalizó el 18 de abril, cuando finalmente llegó a su vivienda en la calle 4 de Tucapé, municipio Cárdenas.
"Me voy, pero vuelvo pronto"
Orlando, a quien cariñosamente le decían "Nando", es el menor de cinco hermanos. Nació el 28 de agosto de 1996 en el seno de una familia católica. En su primer viaje a Panamá, hace más de seis años, conoció a su pareja con la que tuvo un niño que ahora tiene cinco años llamado Julián Maldonado, con el que compartió varios de sus últimos días.
Tenía amigos en cada esquina, era muy colaborador y no le negaba nada a nadie. Fue un excelente hijo, muy amoroso y cariñoso. Le escribía todos los días a su mamá. "Así no tuviera saldo, quitaba prestado algún teléfono y siempre le escribía", recuerda Mileivy. Dice que su hermano nunca fue buen estudiante, pero era apasionado por la mecánica, que de vez en cuando servía como una fuente de ingreso. Tenía una pequeña bodeguita en Tucapé que había montado junto a su pareja, luego de regresar de Panamá a causa de la pandemia.
Las cuentas no le cuadraban y las ventas iban de mal en peor, por lo que tuvo que partir nuevamente en busca del "sueño americano" a finales del mes de octubre de 2022.
Antes de irse le dijo a su madre "yo me voy, pero vuelvo pronto", pero nunca se imaginaron que no iba a ser de esa manera. En su cuarto, su papá, de 75 años, vive con el sufrimiento y el recuerdo de su hijo a quien llora desesperadamente.
Sus cosas fueron guardadas en pequeñas cajas desde que dijo: "¡Mamá, téngame esta ropita para cuando yo llegue!".
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