La extraña desaparición de un hombre que culminó en una historia de terror

Ariana Moreno | La Prensa Táchira.- Cansados de los ruidos extraños, de sombras tenebrosas y el olor putrefacto que parecía emanar de una finca en la aldea Caño de Guerra en San Juan de Colón; José Vicente Pabón y su sobrino, César Ortega Pabón, tomaron la decisión de desenterrar en el año 1955 un cadáver que habían sepultado un año atrás, a tan solo 50 metros de donde ambos dormían. 

Sin imaginarlo, este hecho pondría fin a los rumores sobre la misteriosa desaparición de un anciano en este pueblo ubicado en el municipio Ayacucho del estado Táchira. Todo comenzó dos años antes, cuando José y César Pabón llegaron a esta población en busca de trabajo y fueron contratados por el anciano Nicolás Contreras para que los ayudara con las labores de su finca. Luego de algunos meses de fuerte trabajo, los hombres comenzaron a percatarse de la soledad en la que vivía sumergido el anciano. El abuelo vivía solo, sin familia y únicamente recibía visitas de algunos vecinos de la zona. Fue entonces cuando concibieron el macabro plan de asesinar a su patrón para quedarse con su dinero y posteriormente con la propiedad de la hacienda. La noche del 13 de febrero del año 1954, José Vicente y su joven sobrino esperaron que el anciano se quedara dormido para entrar a su habitación y propinarle varios machetazos en la cabeza. 

En tan solo instantes, el cuerpo inerte de Nicolás Contreras yacía tendido en la cama, cubierto de sangre. Los inescrupulosos sujetos dejaron el cadáver por más de 24 horas en su lecho mientras que decidían qué hacer con él. Finalmente, al otro día lo sacaron y lo enterraron dentro de la misma finca, a tan solo metros de la casa de campo donde todos vivían. Todo esto fue contemplado por la mirada atónita de Benedicta Prato de Pabón, esposa de José Vicente Pabón, a quien ambos hombres amenazaron con matarla si se atrevía a decir algo. 

Espantos

Pasaron los días y los habitantes de la aldea comenzaron a preguntarse sobre el paradero de Nicolás Contreras. Los asesinos justificaron la ausencia del anciano diciendo que había partido a la ciudad de Mérida por varios meses y de ahí iría a Maracaibo. Mientras tanto, hacían gestiones para adquirir la propiedad de la finca. 

Tiempo después y como si de una película de terror se tratara; los Pabón comenzaron a sentir que el espíritu de Contreras los atormentaba. Los enseres de la casa se tumbaban por la noche, las puertas se abrían solas, los perros no paraban de ladrar y en muchas ocasiones observaban cómo un hombre con sombrero subía por el sendero hasta desaparecer en medio de la oscuridad. Llegaron a la conclusión de que el cadáver de Contreras era el responsable del horror que vivían, por lo que decidieron sacarlo de allí y enterrarlo en otro lado para darle cristiana sepultura. 

Para esto solicitaron la ayuda de Joaquín Montes Gómez, un amigo y vecino, a quien dijeron que iban a desenterrar una botija. A Gómez le pareció extraño la forma que tenía la supuesta botija y la negativa de los hombres de que se quedara en el lugar luego de haber excavado. Contó el incidente a su hijo, Jesús Montes Mendoza, el cual se encargó de regar el rumor por toda la aldea. 

Casi un año después, las autoridades, en vista de los comentarios acerca de la desaparición de Contreras y la extraña actitud de los hombres, iniciaron las investigaciones y lograron descubrir toda la verdad de este horrible asesinato. Durante las pesquisas, los funcionarios descubrieron el cadáver del anciano y consiguieron que Benedicta Prato de Pabón delatara a los homicidas. 

Según los reportes policiales, el juez la absolvió de los cargos porque actuó bajo coacción y amenaza de muerte. En cuanto a los otros dos implicados, Joaquín Montes Gómez actuó engañado con el cuento de la botija y su hijo sólo supo de lo sucedido por las referencias de su padre, quedando ambos libres de toda culpa.

Por su parte, los asesinos José Vicente Pabón y César Ortega Pabón fueron condenados a 18 años de prisión como autores del delito de homicidio en la persona del anciano Nicolás Contreras, hecho ocurrido en el mes de febrero del año 1954 en la Aldea Caño de Guerra en Colón, en una finca propiedad de la víctima. La sentencia fue dictada a finales del año 1955 por el juzgado segundo de primera Instancia de la XV Circunscripción Judicial, a cargo de Martín Pérez Roa.

 A pesar de las pruebas, los condenados anunciaron inmediatamente que apelarían a la sentencia y se declaraban inocentes. 

Según relatos de la época, pese a que el cadáver de Nicolás Contreras fue enterrado en el cementerio municipal de Colón, su espíritu quedó atrapado en los alrededores de su hacienda. 

Los datos de esta dantesca historia criminal del estado Táchira se encuentran resguardados en los archivos de la Hemeroteca Estadal "Pedro Pablo Paredes, ubicada en la sede del antiguo Liceo Alberto Adriani.

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