A Guillermina le cercenaron el cuello para robarle 350 bolívares 

El asesinato que conmocionó a la aldea El Jagual, en Rubio, en 1956 iba a quedar sin ser resuelto, hasta que uno de los victimarios confesó el horrendo crimen

Ariana Moreno | La Prensa Táchira.- Con la cabeza colgando y sin proferir ni un gemido quedó el cuerpo de Guillermina Murillo en su humilde cocina, mientras iba por un café para dos misteriosos hombres que apenas conocía. 

La amabilidad de aquella mujer oriunda de San Antonio del Táchira le costaría su propia vida y dos cajas de dinero que había ahorrado a punta de esfuerzos y privaciones. El macabro asesinato que consternó a la población de Rubio en el año 1956 fue dado a conocer por las autoridades policiales, quienes intentaban dar con el paradero de los autores de este dantesco crimen. 

El hecho

Todo comenzó en la aldea El Jagual el 24 de abril de ese año, cuando Guillermina Murillo se encontraba pelando unos plátanos sentada en la desolada entrada de su casa. Aproximadamente, a las 3:00 de la tarde, la mujer se percató de dos desconocidos que se dirigían hacia ella. 

La mujer sin el más mínimo sentimiento de desconfianza les preguntó: ¿Cómo están? "Bien, ¿y usted?, respondió uno de los hombres.

Guillermina les hizo saber que estaba bien y se dispuso a ofrecerles café. Una vez que los hombres asintieron, la mujer se levantó de donde estaba y mientras se dirigía a la cocina sintió un fuerte apretón en sus brazos al mismo tiempo que escuchaba "agarre esa vieja que la voy a matar".

"¡Por Dios, no me maten!", eran las súplicas de Guillermina mientras un fuerte machetazo se descargaba rápidamente sobre su nuca. En tan sólo segundos, la sangre había salido disparada por toda la cocina y una gran cantidad de yuca y plátano se esparcieron por todo el suelo como resultado del forcejeo. 

Escenario 

Domiciano Cuevas Novoa, marido de Guillermina, fue quien hizo el hallazgo del cadáver. Relató que vivían juntos desde hacía más de 20 años y que él acostumbraba a salir diariamente al trabajo a las 6:00 am y regresaba aproximadamente a las seis y media de la tarde, pasando la señora Guillermina prácticamente todo el día sola. 

Ese día, Domiciano regresó como de costumbre, pero se extrañó al encontrar la puerta de la cocina con candado mientras que las puertas del resto de la casa estaban abiertas. Al momento, creyó que Guillermina se encontraba realizando alguna diligencia, por lo que se dispuso a esperarla en el corredor.

Minutos más tarde, cuando el hambre lo invadió forzó el candado de la cocina para buscar comida. Estaba todo a oscuras y cuando buscaba algo con qué alumbrar, se topó con el cadáver de su mujer. Domiciano se acercó y al sentir la rigidez que ofrecía el cuerpo supo que estaba muerta, pero sin darse cuenta de la herida ni la sangre. Corrió a avisar a los vecinos y estos al acudir con luces pudieron constatar que Guillermina había sido asesinada.

Luego de avisar a las autoridades, se dio cuenta que había desaparecido de su alcoba las dos únicas cajas donde guardaban sus pertenencias. 

Fue hasta las 9:00 de la noche cuando los funcionarios constataron que en la cocina de una humilde vivienda se encontraba su dueña, Guillermina Murillo, de 50 años de edad, tirada en el piso con una horrible herida de machete que casi le cercenaba la cabeza. El cadáver fue llevado al Hospital Padre Justo de Rubio, donde le realizaron la autopsia.

Al conocer que se habían llevado dos cajas, presumieron que el o los asesinos no habían cargado lejos con ellas. Efectivamente, luego de una intensa búsqueda fueron halladas a unos 150 metros de la casa a orillas de un caño. El contenido de estas cajas se había esparcido por el suelo, excepto una cartera de color amarillo, donde estaba guardado el dinero y la cual fue localizada dos días más tarde en el lecho de la quebrada, unos 20 metros abajo del primer hallazgo.

Según informes policiales, la cartera contenía unos azabaches, un diente de oro y varios imperdibles dorados, objetos que fueron dejados por los criminales.

Tras conocerse este macabro crimen, se iniciaron las investigaciones y esa misma noche fueron detenidos preventiva mente algunos sujetos sospechosos; entre ellos un individuo vecino del lugar a quien se le encontró bajo su cama un machete con visibles manchas de sangre, alegando que provenían de un cachicamo que había matado días antes, coartada que se pudo comprobar cuando se examinó la caparazón del animal. 

Luego, se detuvo a un hijo de Domiciano, quien había vivido en casa de la víctima. Según relatos, el joven había tenido múltiples inconvenientes con Guillermina, por lo que tuvo que irse enfurecido de la casa y fue visto en Bramón, el domingo anterior al crimen. Sin embargo, luego de varios días de pesquisas se pudo demostrar su inocencia. 

Ante el desconcierto y desilusión, no tuvieron más opción que dejar en libertad a los sospechosos y así fue transcurriendo día tras día, sin nuevas pistas que llevaran a aclarar este terrible asesinato. 

Confesión

No fue sino hasta 12 días después cuando una confesión inesperada pudo explicar lo que ocurrió aquel día. El 6 de mayo, a las 2:00 de la madrugada, un sujeto mal vestido iba caminando en la avenida "Las Américas", en Rubio, quien al ver que un vehículo subía por la avenida quiso esquivarlo. Los ocupantes del vehículo que casualmente eran agentes policiales, lo detuvieron preguntándole qué hacía allí. 

El hombre que parecía bastante sospechoso contestó que se dirigía a San Cristóbal, pero no teniendo auto ni dinero para el pasaje se proponía llegar a pie. Al verlo tan sospechoso y evadiendo preguntas, los funcionarios decidieron llevarlo al cuartel policial. El hombre fue identificado como Marco Tulio Parra, de 22 años, de nacionalidad colombiana a quien someterían a un severo interrogatorio por la mañana. 

A la mañana siguiente, Marco se encontraba fumando cigarrillo tras cigarrillo mientras los agentes lo interrogaban. Luego de varias horas de presión, el hombre dijo que sí había hecho algo malo y tenía que confesar. 

Debajo de miradas de asombro, contó que el pasado martes 24 de abril, su hermano Luis Parra le pidió que lo acompañara a Venezuela, pues tenía algo que hacer. Marco no dudo en acompañar a su hermano y ese mismo día en horas de la mañana se pusieron en camino hacia la frontera venezolana. 

Durante el viaje notó que su hermano Luis traía una cobija, bajo la cual escondía una machetilla, en tanto que él, Marco Tulio sólo traía su cobija. Llegaron a Delicias donde tomaron un vehículo hacia esta ciudad, bajándose en La Pedregosa, un poco arriba de Bramón.

De allí partieron por un atajo hasta salir al punto "Tres Esquinas" y luego por entre cafetales hasta llegar al Jagual, lugar que dice no haber visitado con anterioridad. 

Crimen 

Una vez en la aldea, los hermanos se escondieron para inspeccionar. Luis se adelantó a revisar el área y al ver que estaba despejado regresó e hizo señas a Marco para que lo siguiera.

Salieron del cafetal y se vieron frente a un canal; divisaron a cuatro obreros que trabajaban agachados a unos 50 metros de donde ellos se encontraban. Cruzaron rápidamente el canal sin ser vistos y llegaron al patio de una casa cuando eran aproximadamente las tres de la tarde. Allí habían unos perros, los cuales no ladraron, pues Luis los "rezó".

Recuerda como dato curioso que entre los perros se encontraba uno negro, el cual al verlos salió espantado hacia el lugar donde se encontraban los obreros. Marco Tulio se adelantó hacia la entrada de la casa cuando vieron a Guillermina pelando los plátanos. 

Marco Tulio cuenta que cuando la señora se levantó hacia la cocina la agarró por el brazo y fue cuando su hermano Luis le dijo que la agarrara porque la iba a matar. Vaciló un momento, no estaba seguro de cometer este crimen, pero las palabras de su hermano le hicieron seguir "apúrese si no quiere que le vuele también las pelotas", decía.

Luis alzó el machete con la mano izquierda y lo descargó con toda su fuerza sobre la nuca de la señora quemándole la cabeza y bañando el pecho de sangre a Marco Tulio. Al ver que estaba muerta, la dejó caer despacio hasta quedar en posición horizontal. Salieron cerrando el candado que se encontraba abierto y colgando en la puerta; se dirigen al otro lado de la casa donde encontraron una alcoba que escondía dos cajas. 

Huida

Con las pertenencias de Guillermina en mano, salieron corriendo en dirección al cafetal y descargaron las cajas sobre una piedra para romperlas y con el mismo cuchillo que cometieron el crimen, las forzaron para abrirlas.

Aunque durante su declaración Marco Tulio no hace referencia a si sabían o no del dinero, se presume que todo fue planeado por Luis para robar a esta señora que quedaba diariamente so la y con una gran suma de dinero resguardado.

 Los hombres al lograr abrir las cajas revolvieron todo hasta encontrar la cartera. Procedieron a sacar el efectivo y arrojaron el bolso al agua. Una vez desechas las pertenencias, regresaron a la casa del crimen para tomar un camino que había detrás de la cocina que daba a los cafetales. 

Salieron a las "Tres Esquinas" y en la carretera de Delicias contaron el dinero; eran más de 350 bolívares. Finalmente se desnudaron y lanzaron la ropa al río Táchira junto al arma y procedieron a regresar a su lugar de origen, en Herrán, Colombia.

Durante su confesión, Marco dijo que su hermano había asesinado el 13 de abril de 1956 a otra persona cuando cruzaba el río Táchira. La víctima fue identificada como Pedro Elías Ortiz, quien iba en una mula cuando Luis le dio un disparo de escopeta para cobrar 100 pesos colombianos que le ofrecieron por cometer el crimen. Aunque no se sabe con certeza cuántos años de prisión tuvieron que pagar, ambos hombres fueron condenados por el asesinato de Guillermina Murillo en 1956. 

Los datos de esta historia fueron recopilados de la Hemeroteca Estadal "Pedro Pablo Paredes", ubicada en el antiguo Alberto Adriani, en el municipio San Cristóbal.

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