CULTORES DE POPULISTAS

En los tiempos del pacto de punto fijo o de la IV República, algunos adherentes a los más prominentes líderes nacionales de los partidos políticos como Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez, entre otros, en señal de gratitud o de admiración eterna les encendían velas frente de los retratos que conseguían de cada uno de ellos, y hasta rezaban por el bienestar de ellos en lo personal y en lo político. Algunos de esos seguidores les atribuían a algunos Presidentes venezolanos, ciertas cualidades que estaban por encima del común de la gente y a eso básicamente se circunscribía toda esa devoción casi que religiosa.  

Hoy en día, puede ser que ocurra lo mismo con el recuerdo casi que sagrado también del expresidente Chávez Frías, a quien buena parte de nuestra gente aún recuerda y le prende sus velitas del mismo modo. Sin embargo, esa vieja práctica se ha ido extendiendo más allá de la simple devoción cuasi religiosa, para materializarla en un culto a la personalidad del respectivo líder de quien no se puede disentir, so pena de ser objeto de fuertes agresiones verbales, pues la imagen de esa figura es incuestionable y sólo admite apoyos y buenos comentarios respecto de sus actuaciones públicas. 

Esos buenos comentarios exigidos por sus adherentes a veces rayan en la adulación excesiva, por tratarse de personajes que gozan de altas posiciones políticas o gubernativas a las cuales según los cultores de populistas hay que obedecer de manera ciega, sin prejuzgar de ninguna manera sobre sus ejecutorias o planes futuristas, pues estos líderes casi nunca se equivocan, por lo que hay que exaltar en todo momento sus méritos personales o de su gestión pública, así sean muy pocos. En definitiva, los cultores de políticos populistas lo que persiguen es fortalecer la posición de sus líderes, porque detrás van ellos. 

En cuanto a los argumentos usados por quienes se sienten predestinados a ser los pastores de sus rebaños, uno de los que más se destaca, es el de que su dirigente o dirigentes, son los únicos que pueden conducir de forma exitosa un determinado plan político o de gobierno. Sus cultores juzgan duramente las conductas de aquellos que se puedan mostrar escépticos a las propuestas formuladas por esos incuestionados líderes, dado que su gran carisma los hace creíbles y confiables en todo momento, llegándose inclusive al extremo de querer destruirlos moralmente o desprestigiarlos con un lenguaje maniqueo.  

La creación progresiva del modelo político populista y de líderes de esa naturaleza, afean aún más al ya resquebrajado sistema democrático que se intenta vigorizar. Y es peor aun cuando esta desviación es promovida consciente o inconscientemente por dirigentes de partidos políticos democráticos, que en su afán de retener la dirección de sus respectivas organizaciones, instan a sus seguidores para que destaquen sus inconmensurables cualidades personales, las que son muy escasas por lo perfectas que son y que no se van a encontrar en ninguna otra persona que no sean ellos.       

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