LA CEGUERA DE LAS ÉLITES

Las élites parecen petrificadas en los desafíos del pasado. 

El país es para ellas una abstracción que miran con aire de nómadas, sin arraigo en las calamidades y angustias de la mayoría. La élite política, en particular, padece una perniciosa ceguera que, como en el cuento de Saramago, desplaza al interés nacional a un inmenso punto ciego.

A nuestra oposición le hace falta un Fermín Toro, un Juan Vicente González. En especial porque la orfandad de liderazgo gubernamental es aún más espantosa.

 No es que no haya en ambos lados figuras valiosas, sino que todos lucen aplastados por el peso de dos décadas de fracaso retroalimentados.

Los hechos indican que a las distintas alianzas y plataformas opositoras no les interesa un candidato para ganar sino mostrar más votos que sus rivales en la oposición. La cuestión es ordenar a los partidos solo por los números y no por la calidad de sus ideas. Todos saben que esa rutina contribuirá, nuevamente, a que Maduro termine de amarrar su reelección.

Una oposición sin imaginación se resigna a cuidarse de sí misma y sobrevivir.

Nos encaminamos a una derrota en el 2024, como si fuera una consecuencia inevitable que no importara. Avanzamos a consagrar la fragmentación opositora y apelar a la descalificación, el deslinde y la exclusión para que menos ciudadanos conviertan su voto en rebeldía cívica.

Ya hay sectores que calcan el guión que les justificará esa forma de rendición y desesperanza que es la abstención, base de sustentación del régimen. Es una oposición ensimismada en su egótica fantasía de poder.

No es difícil que el puñado de dirigentes políticos que toma las decisiones en una docena de partidos seleccione un candidato honesto, con trayectoria de servicio público, disposición a rodearse de los mejores y cuyo triunfo sea respetado por instituciones como la Fuerza Armada.

Nombres hay. Existen dentro de la política, a pesar de la anti política. Pero si se reclama una pureza absoluta, definida por los que rechazan las negociaciones, ni Calcantes ni Tiresias, los dos grandes adivinos del mundo antiguo, acertarían en un nombre. Es más probable que pueda surgir del sentido común, las mutuas conveniencias y la disposición a oír al país.

Un entendimiento de este tipo lo bloqueará el gobierno porque es demasiado peligroso para perpetuar su hegemonía. También tropezará con el miedo de algunas élites a que el cambio afecte sus actuales posiciones. El instintivo mecanismo de preservación y el temor al relevo de estrategias inclinará a algunos a colocarse en la fila de la resistencia al cambio. Una desventaja competitiva que hay que achicar, incrementando la confianza en un plan común para ganar y gobernar con todos los factores progresistas.

La tendencia al voto antisistema frente a oligarquías de izquierda o derecha va a acentuarse en sociedades oprimidas y castigadas por la falta de desarrollo de la economía y la democracia. Esa tendencia se materializó en el triunfo de Petro que, al revés de lo que escandaliza a los fanatismos conservadores, es una victoria sobre la guerrilla y la violencia como vía para alcanzar el poder.

La polarización que ocurrió en Colombia no conviene a Venezuela. Pero tampoco ceder en la promoción de la justicia, del mercado como fuente de riqueza con implicación social y de la democracia como desarrollo humano.

Para bajarse del caballo de Troya del autoritarismo, los partidos deben abrir sus puertas a los independientes y los nuevos dirigentes sociales, ser fuerzas de entendimiento y trabajar por hacer viable un gobierno de transición que asegure un futuro de coexistencia autónoma entre los dos proyectos contrapuestos cuya rivalidad nos ata al siglo XX.

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