CAUDILLOS DISFRAZADOS DE DEMOCRÁTAS

En Venezuela ha existido una forma de mando que tiene características especiales y que a pesar del transcurrir del tiempo y de los aportes para procurar líderes democráticos, se ha mantenido latente en un número considerable de dirigentes de partidos políticos y hasta de militares incorporados a la lucha por restablecer la Democracia. Nos estamos refiriendo al caudillismo nacido en tiempos de la guerra de emancipación, en donde los jefes de regiones tenían el poder de sus ejércitos, poco profesionales a su disposición, para reconstruir el orden político de la República cada vez que una Revolución o una montonera lo alteraba. 

El caudillo siempre confía en su poder personal para ejercer su autoridad, algunos creen que el mismo les proviene de alguna divinidad o de los rezos que realizan a cuanto fetiche les dan a conocer. En base a esa supuesta superioridad moral o religiosa sobre los demás, y en especial en relación a sus seguidores, se permite o se permiten intentar descalificar o segregar a sus adversarios, pues su palabra o actuación, así sea intrascendente no admite contrariedad o contrapeso alguno. Son buenos, estos caudillos disfrazados de demócratas para confundir mediante la manipulación de las emociones personales, pues siempre exaltarán sus logros de manera individual una y otra vez. 

Al creerse ungidos de una divinidad o de una supuesta superioridad, tales caudillos van a actuar de manera despótica y autoritaria, sólo se oyen ellos mismos, sus propuestas son las únicas a las que se les debe dar trámite, pues en su grandeza no admiten otras opiniones, dado que todos los éxitos se logran por ellos y nada más y eso lo deben hacer recordar las ovejas que les siguen. Esos caudillos hacen nacer sentimientos de aprecio ilimitado y emotividad entre sus seguidores, que a veces son sus "clientes", sobre todo cuando detentan algún poder. Esos seguidores incondicionales no reconocen méritos o cualidades de otros personajes contrarios a ellos. 

El caudillo disfrazado de demócrata se apoya en numerosos posesivos, tales como, mi gobierno, mi partido político, mi estructura política, mi militancia, mi amigo, etc…, sin sentir por ello, ningún tipo de rubor social o institucional, pues en él se conjuga todo aquello, o sea todo es de él. Su personalidad, lo hace temido o rechazado, tal vez porque no sabe tratar adecuadamente a la gente, ello porque en la actividad política, muchos no se preocupan por formarse, sino por mandar. Cuando hay algún evento que tiene que ver con él, le preocupa muy poco respetar las reglas que salvaguardan la institucionalidad, pues están convencidos que sus criterios u ocurrencias, superan al Derecho. 

La vigencia aún del caudillismo, comporta también y duele decirlo, una escasa modificación de la cultura política del país, devenida de la independencia que sigue conservando modelos de conducta, comportamientos y actitudes de los actores políticos muy parecidas a las de épocas históricas, superadas por el pueblo venezolano. Todo esto nos lleva a decir que la cultura política no existe independiente de las personas, ella se les inculca poco a poco; muchas veces esos caudillos disfrazados de demócratas, maquinan en contra de la Democracia, ante la debilidad de sus propios partidos políticos u otras organizaciones de la sociedad civil, para enquistarse en el poder. 

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