COMPROMISOS PARA CAMBIAR

La crisis de los partidos es tan lugar común que nada que los debilite sorprende. En su solitaria, ficticia y triste búsqueda de poder por el poder mismo, se han vuelto arrogantes. 

Una campana de indiferencia hacia la gente y los problemas de ésta y del país los confina en la sub-política.

Más de la mitad de la población, que vive fuera de la política, ha aprendido y se ha convencido que los partidos estorban. Para mortificación de las expectativas de moverse desde la autocracia a la democracia, la pérdida de misión de los partidos y las compulsiones de la crisis a sobrevivir, nos empujan a dejar de ser ciudadanos, materia prima de la democracia.

 Una determinante responsabilidad es de los dirigentes, incluso los mejor formados y más experimentados, que son insensibles a la motivación básica de la política: construir con nobleza un camino hacia el vivir bueno. La mayoría cree que los políticos no ejercen ese magisterio.

El ritornelo anti-político opera siempre como distracción. En este momento, de la primera y mayoritaria motivación colectiva: salir del estado de precariedad de los salarios, de la fragilidad del día a día, de las escuelas y hospitales de fachada o la carencia de servicios como luz, agua, electricidad. Aplastados por el régimen hacia la base de la pirámide de subsistencias, no es fácil mirar al horizonte.

La fragmentación de la aspiración democrática de cambio requiere una diversidad de centros impulsores de la unidad. Los partidos deben ser parte fundamental de este propósito, pero no puede dejarse todo en sus manos.

Hay dos cosas sabidas y una por saberse, como diría nuestro humanista Cecilio Acosta: la primera es que el gobierno actúa para crear una versión de cambio sin cambios. La segunda es que sus misiles están dirigidos a cercar y mantener divida a la oposición.

Lo que está por saberse es si contaremos con oposición partidista con la suficiente integridad estratégica para aplicar una línea de entendimiento, a cambio de que el régimen rectifique los esquemas económicos y políticos que reponen pasados, fracasos y más crisis. Si no el entendimiento es retroceso.

El desafío para los demócratas es crear confianza en sus fuerzas, esperanza en sus propuestas y seguridad en sus objetivos.

 Puede obtenerse un triunfo político y electoral el 2024. Una victoria que pueda también conquistarse junto a la ancha franja de venezolanos que se identifica con Chávez. Hay un país abstencionista por persuadir para vencer.

El país tiene cómo recuperarse. Cada gramo de mejoramiento en la producción, pesa para un mejoramiento social. Las fuerzas de cambio deben tener una propuesta sobre recomposición de la producción, de las instituciones y los derechos hoy restringidos con miras a la Venezuela que todos debemos hacer y compartir el 2035.

El tiempo es recurso que huye. Los que pensábamos en metas a dos años, ya consumimos cuatro meses. ¿Cuánto más nos permitiremos esperar? ¿Qué haremos si no aparecen los dirigentes y los partidos que desafíen democráticamente a Maduro?

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