HAITÍ Y EL CRUJIR DEL DOLOR

 Esta vez no hubo ola ni vendaval que se sintiera a lo lejos, sino el crujir del dolor que desgarra por dentro. Así, descuartizado el ambiente y el suelo mojado de sangre, Haití se zarandea para estremecerse con el magnicidio de un presidente al servicio de la tutela imperial, y seguir con la agonía del pueblo sufrido, del pueblo olvidado y saqueado por los poderes hegemónicos, que esterilizaron por siempre y para siempre los sueños de generaciones enteras, condenándolas a desandar entre el hambre y la miseria. Son más de doscientos años de sufrimiento, de agonía, donde la única fuerza que les queda es soplar el viento para espantar la pobreza que se acuesta y se despierta bostezando.

Esa es la situación de la Haití de hoy, otrora perla del Caribe, pero saqueada por los piratas corporativos. Esa es la verdad de Haití, donde la sal del tiempo le carcomió la esperanza al pueblo haitiano, para sumirlo en la tristeza y el abandono de la noche oscura y de la eterna amargura. Esa aflicción no es de rabia sino de desesperanza porque el futuro es la muerte, sin ni siquiera haber llegado al presente ni a la vida. Luego del terremoto devastador de 2010, quedó al descubierto la realidad oculta de ese pueblo hermano, de rostros anclados que fijan la retina con fuerza para que no se les descuelgue en los parpados de los ojos.

La solidaridad manifiesta enviada desde todas partes es una de las expresiones más profundas del ser humano y del comportamiento de las sociedades que parecen empujadas a vencer el odio que les siembran los sistemas de explotación. Al momento de escribir estas reflexiones, también se escuchan las voces secas de la hipocresía que envían algunos países, como Colombia, España y hasta el mismo imperio norteamericano, quienes solo se aparecen con la muerte para negociar hasta con los quejidos del espíritu. Ese trío y otros países hipócritas te apuñalan el alma hasta verte sangrar y pedir clemencia y quieren verte arrastrándote tras las migajas que ellos van dejando.

Lo que ha ocurrido hoy en Haití debe servir para acabar con la hipocresía. Los pueblos y su gente necesitan ser atendidos en vida y no en la muerte. No hay que esperar ver la muerte en los ojos de tu hermano, de tu vecino, de tu amigo para tenderle la mano. Hay que hacerlo siempre, porque si de verdad eres solidario, debes actuar desde el alba hasta el crepúsculo, inclusive en la noche más oscura. Son muchos los pueblos de América Latina que viven bajo el frío de la pobreza y el sometimiento, que pasan hambre, donde los niños y niñas mueren sin tiempo para saborear el pan de la vida. De esos pueblos nadie se acuerda y cuando se acude es para invadirlos, saquearlos y enterrarlos.

La solidaridad no debe ser de un día, sino que debe ser una conducta consolidada del ser humano. El llanto de Haití no es para secarle las lágrimas, sino para aprender la lección y evitar que otros pueblos sean saqueados y condenados al infierno, tal como hicieron y lo siguen haciendo los imperios con Haití. Ojalá que no sea el magnicidio una coartada de los poderes imperiales para colocarle la otra rodilla en el cuello del pueblo haitiano.

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