Los sacan de un juego de fútbol para encontrarse con la muerte

Fabiola Barrera | La Prensa Táchira.- Era un soleado domingo aquel once de octubre de 2009. El equipo de "El Salvador" se enfrentaba a un grupo de muchachos que conformaban la oncena de "Los Maniceros". La jornada prometía una tarde de relajo, algarabía y desorden entre los habitantes del barrio Costa Rica de Chururú, municipio Fernández Feo, al sur del Táchira, pues ese domingo era considerado un segundo sábado, ya que el 12 de octubre era lunes y para la fecha, se tomaba como puente festivo. 

Si bien el equipo se llamaba "Rancho Grande", todos lo conocían como Los Mani ceros porque se dedicaban a la venta de maní en las unidades de transporte que trasladaban pasajeros desde y hacia Barinas. Los muchachos abordaban las busetas y ofrecían maní salado y dulce a los usuarios, por lo que de allí se ganaron el apodo. 

Pasadas las doce y media de la tarde, todo cambió para siempre. Al lugar llegó una camioneta de la que se bajó un grupo grande de hombres armados hasta los dientes, a pocos minutos de haber dado el árbitro el pitazo inicial. 

Luego de quitarle al árbitro la nómina de jugadores, comenzaron a llamarlos uno a uno. Al ver que muy pocos respondían, preguntaron por el equipo de Los Maniceros.

Todos los presentes en aquella faena deportiva quedaron "fríos y en su sitio". La franela que usaban como uniforme los delataba. A todos los amarraron de las manos con un mecate y se los llevaron. 

Doce personas, diez de ellas de nacionalidad colombiana, un peruano y un venezolano abordaron el vehículo con estos hombres, sin saber que ese sería el último día en el que verían a sus amigos y familiares. 

Sus nombres eran Humberto Rubiany Hernández Amaya, de 30 años. Gerardo Vega Sisa de 24 años de edad. José Luis Arenas Sánchez, de 21 años. Yorbin Julián Amaya Vega, de 17 años. Este último era sobrino de Gerardo Vega y aprovechó el puente del 12 de octubre para visitar a su familia, al igual que Manuel Junior Cortés, de 18 años. 

También fueron secuestrados Ángel Aldemar León Aricapa, y Michael Hendrik Bello Velandria, de 18 años de edad. Eduard Gamboa, de 18 años. Carlos Amador, de 38 años, y Mauricio Ospina, de 38 años de edad. 

De los secuestrados, diez eran del vecino país y casi todos tenían más de un año residiendo en sectores como Las Palmeras, Canta Rana, Puente Uribante y Chururú, salvo Carlos Amador, quien tenía poco más de un mes en el país y residía en un hotel adyacente al Terminal de Pasajeros de San Cristóbal. 

Del único venezolano secuestrado, sólo se supo que respondía al nombre de Diego Poblador y que para el momento del hecho contaba con 25 años de edad. 

Un hombre, de nacionalidad peruana, también fue capturado por estos hombres armados. Se trató de Pompeyo Ramírez, quien para el momento del secuestro tenía 27 años de edad, dos de ellos en Venezuela.  

Sin rastro

Familiares suplicaban a sus captores por la liberación de las víctimas, pues ninguno poseía riquezas que pudieran ser de interés. Ellos fueron los que dieron a conocer la procedencia de las víctimas. 

En conversaciones con funcionarios a cargo del caso, descartaban la matanza de estos muchachos, por lo que esperaban la liberación de ellos en cualquier momento. 

Pasaron los días y del caso ya no se hablaba. Incluso se llegó a especular que insurgentes armados habían "reclutado" a estas personas, pues el llevarse a tantos hombres jóvenes de un mismo sitio, coincidía con las prácticas de reclutamiento de grupos al margen de la ley. 

Pasan 13 días

Llegó el sábado 24 de octubre. Un día muy lluvioso y de bajas temperaturas en el estado Táchira marcó el fin de aquel capítulo trágico en las vidas de las familias de estos doce muchachos. Sin embargo, la tragedia estaba lejos de terminar. Trece días después del encuentro con los hombres armados en aquella cancha de tierra en el barrio Costa Rica, aparecieron diez cuerpos sin vida de jóvenes ataviados con uniformes deportivos. Eran Los Maniceros.

En sectores como La Pita de San Joaquín de Navay y Potosí, municipio Uribante, se encontraron los cuerpos. En grupos de a tres, fueron dejándolos en la vía esparcidos. Estos caseríos son montaña adentro de la zona andina del estado Táchira y eran territorio donde insurgentes armados hacían vida y buscaban el control de parte de la zona sur de la región. 

Maniatados, con sus rostros desfigurados por golpes y diversos tiros de fusil, aparecieron diez de los 12 muchachos, cuyas vidas fueron arrebatadas desde el momento cuando obligados abordaron el vehículo con estos hombres armados. Los grupos policiales determinaron que las muertes se dieron en ese mismo lugar al recolectar los casquillos de los proyectiles con los que fueron ejecutados. La angustia y desesperación comenzó a apoderarse aún más de los familiares, quienes guardaban las esperanzas que los dos que faltaban estuvieran con vida. Sin embargo, al identificarlos el sábado en la morgue del Hospital Central de San Cristóbal, esa luz terminaba por apagarse. 

El que faltaba

Aún faltaba por aparecer José Luis Arenas, de 21 años, por lo que las autoridades continuaban con la intensa búsqueda en la zona donde fueron hallados los otros diez cuerpos, con la esperanza de encontrarlo con vida. 

Fue el martes, cuatro días después del hallazgo de los otros diez, que apareció el cuerpo de Arenas. La zona para su fusilamiento fue el de Caño Tigre, en el municipio Fernández Feo, en un lugar alejado tanto de la zona del secuestro como de donde asesinaron a los otros muchachos. Boca abajo y en avanzado estado de descomposición hallaron al joven comerciante, por lo que el círculo ya estaba completo. Las doce víctimas habían aparecido. 

Dado el nivel de putrefacción que tenía Arenas, no lo llevaron a la morgue del Central, sino del Cementerio Municipal. Cuando lo hallaron, animales carroñeros y gusanos habían consumido casi toda la humanidad del muchacho, quien era hijo único. El 31 de octubre de ese año, sus restos fueron repatriados y llevados a Bucaramanga, donde los esperaba su madre, quien era sordomuda. 

Los cuerpos de los once extranjeros fueron llevados a sus lugares de origen. Incluso el de Pompeyo Ramírez, cuyo cuerpo fue cremado en la ciudad de Cúcuta y sus cenizas trasladadas hasta Perú, donde sus familiares construyeron una gruta para resguardarlas. 

Sobre el venezolano no se supo nada, pues no aparecieron familiares al momento del secuestro y menos al momento del hallazgo de los cadáveres. 

A la intemperie

Manuel Junior Cortés fue la única pieza con la que contaron las autoridades para ver qué era lo que había pasado. El muchacho contó a los funcionarios que durante el cautiverio estuvieron a la intemperie. Si llovía se mojaban y que hojas de plátanos era lo que usaban en las noches para cubrirse del frío. 

Explicaba que estuvieron amarrados a árboles con cadenas y candados en grupos de dos durante todo el tiempo y que los hombres que los tenían, constantemente les preguntaban por "los jefes paracos", por lo que el joven presumió que los armados pensaban que ellos formaban parte de un grupo subversivo. 

Un hermano de Cortés explicó a la prensa que el muchacho les manifestó que nunca había visto a sus captores, quienes estaban siempre vestidos con insignias del "Che", armas largas, botas de caucho y se comunicaban por radio con el "Comandante Payaso". 

Comenta que el viernes 23 en la tarde llegó un hombre al campamento y les dijo que los liberarían, siendo esto motivo de alegría para los doce muchachos, quienes fueron separados en grupos de seis. Tras organizarse, estos hombres quemaron el campamento y procedieron a iniciar el recorrido con los muchachos, a quienes, supuestamente, liberarían. Lo que ellos no sabían era que iban como reses al matadero. 

Cortés comenta que tras bajarlos de las camionetas los golpearon y los hicieron arrodillarse. Posterior a ello, sólo escuchó la ráfaga de tiros y uno de ellos le impactó, dejándolo inconsciente por un tiempo. Al levantarse, se percató de la dantesca escena y al ver que nada podía hacer, decidió buscar ayuda, pues sabía que estaba herido. 

Caminó por unas tres horas desde el lugar donde los insurgentes masacraron a tiros a sus amigos, hasta llegar a una humilde vivienda en medio de la nada. Allí, los dueños le prestaron la ayuda sin saber que este muchacho había sobrevivido a la matanza de once de sus compañeros. 

De Manuel Junior no se supo más nada. De su paradero se conoció que quedó bajo resguardo del sistema de protección de testigos en Colombia. La tierra parece habérselo tragado a él y su familia. De culpables tampoco se supo nombres. El caso se cerró. 

Las autoridades venezolanas manejaron el caso como enfrentamiento entre insurgentes armados y aseguraron que este grupo de muchachos había ingresado al país con intención de derrocar al entonces gobierno de Hugo Chávez. El ministro de Interior y Justicia Ramón Carrizales los tildó de "paramilitares".

Aparece vivo con un tiro

Horas más tarde de ese sábado se tiene noticias de uno de los desaparecidos. Manuel Junior Cortés estaba en el hospital de Pregonero, vivo. A pesar de la potencia de las armas y la indefensión en la que estaban, el joven se le escapó a la muerte y vivió para contar la historia de los que no corrieron la misma suerte que él. 

Las autoridades inmediatamente trasladaron al muchacho al Hospital Central de San Cristóbal bajo una fuerte custodia militar. Un tiro con entrada en la nuca y salida por la mejilla derecha eran las heridas que presentaba el joven colombiano. Tras estabilizarlo, fue trasladado al Hospital Militar de Caracas, donde estuvo recluido hasta diciembre de 2009, cuando las autoridades venezolanas lo entregaron en el Puente Internacional Simón Bolívar de San Antonio del Táchira a funcionarios colombianos.

Su familia lo recibió en el lado colombiano. Lágrimas de alegría fueron las que brotaron por quienes presenciaron el segundo nacimiento de Manuel.

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