María Cárdenas | La Prensa del Táchira.- En la tarde del 28 de octubre de 1974, un autobús que cubría la ruta San Cristóbal - El Piñal - San Joaquín Navay transportaba a 25 pasajeros que regresaban a sus respectivos hogares. Entre ellos viajaba Ángel Ayala de 33 años junto a su esposa, sus cuatro hijos, su cuñada y el pequeño hijo de esta última. Las mujeres, quienes llevaban muchos años sin verse, se habían reencontrado gracias a una carta y aquel viaje tenía como propósito celebrar su reencuentro y disfrutar unos días en familia. Nunca imaginaron que el trayecto las separaría para siempre.
La tragedia se desencadenó al cruzar un caño del río. La crecida de las aguas había inundado parte de la vía y al atravesar el caudal, el agua comenzó a filtrarse en la unidad. De repente el motor se apagó por completo. El ayudante del conductor descendió para intentar una reparación en la correa y cuando el chofer trató de encender el vehículo, una chispa provocó un incendio devastador.
Sin que nadie a bordo lo hubiera notado, el agua que había ingresado al autobús ocultó un peligro aún mayor: gran parte de la gasolina se había derramado y esparcido por los pasillos del vehículo. Al intentar el arranque, las llamas lo consumieron todo en segundos.
Los sobrevivientes relataron que el fuego fue violento y veloz. El pánico se apoderó de los pasajeros, quienes, entre gritos y una desesperación indescriptible, comenzaron a lanzarse por las ventanas hacia las aguas del río para escapar de las llamas que los devoraban.
Ángel Ayala fue uno de los primeros en lograr salir del bus. Contó a los medios de comunicación de la época que el fuego lo alcanzó, quemándole los brazos, así que tomó el brazo de un niño y saltó del autobús; ya en el suelo escuchó los gritos de su hija atrapada en el vehículo y ahí notó que el niño que había rescatado no era ninguno de sus hijos.
Ayala consiguió ayuda de unos ganaderos y habitantes cercanos para rescatar a los heridos: Los bomberos, debido al mal estado de la carretera y lejanía, tardaron un tiempo considerable en llegar al lugar de la tragedia.
El saldo preliminar en el sitio fue devastador; uno de los niños de Ayala junto a su pequeño primo habían perecido en el bus. Sus cuerpos se confundieron con las cenizas que dejó el siniestro. El horror no terminó ahí para la familia Ayala; su esposa y sus otros tres hijos y cuñada estaban en estado de gravedad. En los días posteriores, el hombre que había sobrevivido tuvo que presenciar desde las salas del Hospital Central de San Cristóbal, cómo la muerte reclamaba uno a uno al resto de sus seres queridos.
Sus tres hijos y su cuñada fallecieron en el centro asistencial en los días siguientes a causa de las terribles quemaduras sufridas. Solo su esposa logró sobrevivir.
De los 25 pasajeros que abordaron el autobús aquel fatídico día, siete perdieron la vida. Esta tragedia dejó una huella imborrable en la historia de San Joaquín de Navay.
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