María Cárdenas | La Prensa del Táchira.- A unos kilómetros del pueblo de Michelena se alza imponente el cerro El Picacho; su silencio helado y neblina espesa, con paisajes llenos de calma, esconden oscuros misterios. Senderistas y campistas aseguran que cuando cae la noche, la montaña cambia abruptamente y muestra su cara más oscura a quienes no respetan el lugar.
Andrés y Raúl, dos jóvenes campistas, habían decidido pasar una noche en el cerro El Picacho para tomar fotografías de las montañas desde el sector de Las Antenas, en donde se tenía una vista increíble del lugar. Los jóvenes armaron su campamento aproximadamente a las cinco de la tarde; estaban a solo unos 30 o 40 minutos de caminata de las antenas. Habían pasado gran parte del día en la caminata y por fin habían encontrado un sitio adecuado para pasar la noche.
El lugar rodeado de pinos cortaba los fuertes vientos, por lo cual prender la fogata y armar la carpa les resultó sencillo. Raúl era el menos experimentado acampando, así que estaba muy emocionado por pasar una noche en la intemperie. Cuando se ocultó el sol, los jóvenes cocinaron la cena y pasaron el rato alrededor de la fogata; poco a poco la montaña fue quedando en silencio.
De pronto un aullido muy bajo se escuchó entre los pinos. Andrés lo ignoró, pero Raúl quería jugarle una broma a Andrés e imitó el aullido del animal. Para su sorpresa, su amigo reaccionó muy mal ante la broma; le pidió a Raúl que bajara la voz y no jugara con lo que escuchaba en la montaña, pues desde niño había escuchado que estas montañas estaban encantadas.
Pasaron algunas horas y los jóvenes decidieron irse a dormir. Andrés se durmió en el acto, pero Raúl no conseguía apaciguar el sueño. Decidió salir nuevamente de la carpa y sentarse frente a la fogata a disfrutar de la noche; poco a poco el joven comenzó a escuchar los aullidos, primero débiles y luego más y más fuertes.
La oscuridad y los árboles lo confundieron, y los aullidos de los perros parecían venir de todas las direcciones, acercándose a gran velocidad. El joven intentó moverse, pero había perdido el control de su cuerpo cuando, en lo profundo del camino que llevaba a las antenas, vio emerger un ser larguirucho, que no parecía caminar, sino saltar en dirección a él.
Junto al espectro del suelo emergían grandes y feroces perros, soltando los aullidos que llevaban escuchando toda la noche. El oscuro ser se acechaba dando zancadas imposibles para una persona humana. Raúl, aterrorizado, como pudo ingresó a toda velocidad a la carpa, intentó despertar a su amigo, pero este no reaccionaba.
Desesperado, tomó el rosario de su compañero y comenzó a recitar las pocas oraciones que sabía; mientras lo hacía, veía las sombras de los perros que comenzaban a rodear la carpa dando los tenebrosos alaridos. La figura larguirucha se detuvo en la entrada y ahí, como si flotara, permaneció hasta que llegó la mañana.
Cuando Andrés por fin despertó, encontró a Raúl aferrado al rosario con los ojos apretados y recitando oraciones. Le preguntó qué había pasado y el joven aterrado narró todo lo que había visto la noche anterior. Andrés decidió que lo mejor era volver al pueblo y dejar para otro día la visita a las antenas. Cuando recogieron la carpa, notaron algo extraño en el suelo que no habían visto porque unos árboles pequeños la ocultaban. Donde los jóvenes armaron la carpa se encontraba una cruz que señalaba un entierro, sin nombre, sin fecha; algo que siempre ha estado en el lugar. Raúl se paralizó, pero Andrés le dijo que le explicaría todo cuando bajaran de la montaña.
Hicieron el recorrido en silencio. Al llegar al pueblo, mientras Raúl estaba más calmado, Andrés le contó las leyendas que rondan El Picacho. Dicen que en época de la conquista un chamán maldijo a los colonos que perturbaban la paz de la montaña; los condenó a errar con perros hambrientos dedicados a proteger las tierras de cualquiera que intentara irrespetarlas.
Los gritos o burlarse de la naturaleza son formas de menospreciar la montaña, Andrés le explicó a Raúl que con su broma del aullido llamó a esos seres condenados y solo se salvó porque por casualidad armaron la carpa sobre la cruz sin nombre, que impidió que el espectro lo tomara.
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