Manuel y Sandra dos jóvenes de 23 y 22 años mantenían una relación amorosa fueron los protagonistas de un trÃgico enfrentamiento que terminó con la vida de ambos

Crédito: Karen Roa

Manuel y Sandra, dos jóvenes de 23 y 22 años mantenían una relación amorosa, fueron los protagonistas de un trágico enfrentamiento que terminó con la vida de ambos

Una fuga sangrienta y un pacto suicida que estremeció al Táchira en 1987

María Cárdenas | La Prensa Táchira.- A las nueve de la mañana del 19 de junio de 1987, un autobús procedente del Centro Penitenciario de Occidente arribó a los antiguos tribunales ubicados en plena Quinta Avenida de San Cristóbal; minutos después de que los detenidos ingresaron al lugar, se desató la violencia. Disparos resonaron dentro del edificio; dos guardias nacionales fallecieron en el lugar y dos jóvenes armados secuestraron un vehículo tomando rumbo desconocido. 

Manuel y Sandra, dos jóvenes de 23 y 22 años mantenían una relación amorosa, ambos provenientes del barrio 23 de Enero, fueron los protagonistas de un trágico enfrentamiento que terminó con la vida de ambos. Manuel era un conocido reservista, quien había sido parte de la Guardia de Honor del expresidente Luis Herrera Campis, tenía varios premios por su habilidad con las armas; sin embargo, en un ataque de locura le quitó la vida a un joven deportista durante el mes de febrero de ese mismo año. 

La fuga

El joven, quien se entregó voluntariamente a la PTJ tras cometer el asesinato, planeó junto a Sandra la dramática fuga. La mujer, aquel 19 de junio esperaba a su amado en la sede de los tribunales; en su cartera llevaba un picahielo y un revólver calibre 38. Cuando los detenidos ingresaron a los tribunales, los oficiales les retiraron las esposas para que pudieran saludar a sus familiares, Manuel y Sandra aprovecharon el momento y mientras compartían un beso, la mujer le facilitó las armas, sin que nadie se percatara. 

Manuel, con el picahielo, atacó a un joven Guardia Nacional hiriéndolo de muerte y arrebatando así su fusil de reglamento, con el cual le quitó la vida a otro uniformado, quien apenas estaba cumpliendo con sus pasantías en los tribunales. Manuel pasó el revólver a otro reo y lo obligó a tomar de rehén a una de las secretarias; este obedeció y entre la confusión y el miedo, Manuel tomó a Sandra y ambos se llevaron a una maestra jubilada y  un vehículo, marchándose a rumbo desconocido.

Las fuerzas policiales entraron en acción minutos después, despojando al reo del revólver, el cual era el mismo que usó Manuel para terminar con la vida del deportista. Más de mil hombres comenzaron la búsqueda de los dos fugitivos. Las montañas de Zorca, Capacho y El Mirador eran las zonas de mayor búsqueda; sin embargo, no daban con los criminales. Los detectives recibieron información sobre un hombre que deambulaba por Campo C, que poseía una vestimenta similar a Manuel. Al llegar, dieron la voz de alto y el sospechoso comenzó a huir, a lo que la policía abrió fuego en su contra; al verlo, se dieron cuenta de que no era el fugitivo, se trataba de un colombiano que se encontraba ilegalmente en el país. 

Al tercer día de búsqueda, finalmente la PTJ recibió información; un taxista describió a los criminales que lo habían abordado cerca de residencias San Sebastián y lo obligaron a ir rumbo a Pueblo Nuevo, específicamente al Barrio Santa Cecilia. Los oficiales, al llegar  acordonaron la zona, constatando que los criminales se encontraban dentro de la casa de una profesora, quien estaba secuestrada junto a sus dos hermanas y seis sobrinos. 

El enfrentamiento

La PTJ, DISIP, GN y otros organismos se encontraban en el lugar para neutralizar a los criminales y a su vez rescatar a los secuestrados. Primero intentaron negociar; Manuel respondió con una ráfaga de disparos del fusil y dejó claro que no se iban a entregar. Los jóvenes amenazaban con asesinar a los rehenes e incluso iniciaron un incendio en una de las habitaciones para despistar a los oficiales y tras más de tres horas intercambiando disparos, los funcionarios decidieron lanzar bombas lacrimógenas y una granada hacia el sector en donde se encontraban los criminales y una de las esquirlas terminó hiriendo a Sandra gravemente.

Manuel al ver que su novia se desangraba, decidió honrar un pacto que habían realizado cuando planearon la fuga, por lo cual con un disparo certero terminó con la vida de Sandra para minutos después acabar con la suya. 

El silencio finalmente reinó, los rehenes fueron rescatados y no sufrieron ningún tipo de heridas. Los cuerpos de los amantes fueron entregados a sus familias; sus velorios congregaron cientos de personas. Ambos funerales se realizaron en la Iglesia Jesús Obrero, la cual estaba abarrotada de familiares y curiosos. La Avenida Marginal del Torbes colapsó con la marcha fúnebre hasta el Cementerio  Metropolitano, en donde ambos fueron enterrados juntos, colocando fin a una sangrienta historia de amor.

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