María Cárdenas | La Prensa del Táchira.- En la esquina de la carrera 10 con calle 6 del centro de San Cristóbal, se encuentra una antigua casona, la cual durante años fue la sede de una conocida universidad. La estructura, de gran belleza data de principios del siglo XX y guarda oscuros secretos, puesto que su interior alojó uno de los personajes más siniestros de la historia del estado.
Mariana trabajaba como secretaria. La universidad había abierto sus puertas al estado hacía pocos meses, dado que las actividades no eran presenciales, gran parte del día se iba al trabajo administrativo en silencio. Mariana estaba sorprendida de la gran belleza de la casona, grandes columnas, detalles arquitectónicos exquisitos y unos pisos que le recordaban la época de antaño sancristobalense.
La secretaria se sentía a gusto en aquella casona. Tomaba el café de la tarde en su amplio patio central y siempre encontraba nuevos detalles que admirar de la construcción con paredes de barro y bahareque. A las pocas semanas de estar allí, un problema con unos formularios y reclamos de algunos alumnos extendieron su jornada laboral hasta entradas horas de la noche. Mariana se quedó sola en el lugar, solo el vigilante le acompañaba, un hombre entrado en edad que todos llamaban Cheo.
Mariana concentrada en su labor, escuchó extrañas risas que venían del salón más amplio de la casona. Llevada por la curiosidad, caminó por los pasillos para ver de qué se trataba. Cuando llegó la joven secretaria quedó atónita al ver lo que sucedía. Música de baile sonaba estridente mientras un grupo de espectros danzaba. Seres sin rostro se balanceaban de un lado a otro, mientras a lo lejos la figura de un hombre se levantaba más alta que las demás, propinando carcajadas que parecían ser gritos de dolor. Un olor metálico, como la sangre, invadió el lugar y Mariana que en ese momento había visto la escena petrificada, salió de su ensimismamiento, y comenzó a correr sin saber a dónde.
En su huida, la mujer tropezó cayendo en aquel hermoso suelo que en la oscuridad parecía estar manchado con barro y otras secreciones. La joven muerta de miedo llamó a gritos al vigilante, quien encontró a la secretaria en pleno estado de histeria. El hombre, como pudo, la calmó y esta comenzó a narrarle lo que había visto. El vigilante la escuchó en silencio y con total seriedad.
Al terminar su relato, Mariana esperaba que el vigilante se burlara de lo que había sucedido o que al menos la tratara de loca; sin embargo, el hombre le contó otra historia. Cheo le contó que en aquella casona vivió un hombre cruel, Simón Gómez, hermano de Eustoquio Gómez.
Simón era un hombre de bajos deseos y de malignas intenciones. Cuentan que en esa misma casona organizaba bailes en donde obligaba a quienes asistían a ultrajar mujeres y realizar siniestras orgías. Dicen que Simón tomaba cualquier mujer que le apetecía, sin importar si esta era rica, pobre, viuda, casada o soltera. Su hermano se hacía de la vista gorda ante sus fechorías.
Entre sus tantos crímenes se cree que en aquel lugar no solo abusó, sino también torturó y le quitó la vida a algunas mujeres. Las damas de la época temían caer bajo la mirada de Simón, y los hombres solo obedecían a sus deseos sin protestar. Si bien abandonó la casona tras la marcha de Eustoquio del Táchira, toda su maldad quedó impregnada en aquellas paredes.
Mariana quedó impactada ante tal historia, no podía creer que una casa tan preciosa haya sido el lugar en donde se cometieron tan horribles actos. Pero tenía que admitir que durante la noche la casa tomaba otro semblante, se volvía lúgubre y se sentía peligrosa.
La joven abandonó la casona aquella noche con una extraña sensación, siguió trabajando durante varios años en aquel lugar, sin embargo, se iba antes de que se ocultara el sol, puesto que temía encontrarse de nuevo con esos extraños seres. Varios años después de estos sucesos, la universidad se mudó de sede, dejando la casona que los años posteriores pasó a ser diferentes cosas, hasta que finalmente quedó completamente vacía.
Hoy la casona de la calle 6 que una vez perteneció a Simón Gómez, ha sido víctima del paso del tiempo, el olvido y las lluvias; sus hermosas paredes de barro y bahareque terminaron sucumbiendo, estando casi en ruinas, pero en su interior aún se levantan aquellas columnas que guardan los secretos más oscuros de la San Cristóbal del siglo pasado.
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